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Historia

El revuelo que montó el Papa a cuenta de la mula y el buey del belén

Benedicto XVI constató en su libro sobre la «Infancia de Jesús» que en los Evangelios no se mencionan estos animales y sus palabras provocaron una viva polémica

A veces solo asoman sus cuernos y sus orejas desde un discreto segundo plano, pero allí están siempre la mula y el buey, cobijando con su calor al Niño recién nacido en el belén. Sin embargo, no figuran en el Nuevo Testamento en ningún sitio. El Papa Benedicto XVI lo recordó en 2012 en su libro sobre la «Infancia de Jesús» y suscitó un fenomenal revuelo en todo el mundo.

«El pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen, pero en el Evangelio no se habla en este caso de animales», constataba el Pontífice. Ni el evangelio de Lucas ni el de Mateo en sus relatos sobre el nacimiento de Jesús mencionan a estos entrañables animales. «La Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías 1,3 y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno», explicaba Benedicto XVI, refiriéndose al fragmento del Antiguo Testamento en el que el profeta dice: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo».

Según la tradición belenista, la mula y el buey fueron introducidos por San Francisco de Asís en el primer belén de la historia que montó en la Nochebuena de 1223. Como explicó la periodista de ABC Laura Daniele en un artículo en 2015, eran un «símbolo del amor del nuevo pueblo de Israel (la Iglesia) que sí reconoce al Señor», un recuerdo de que las expectativas de los profetas del Antiguo Testamento se cumplían en Belén.

En la «Infancia de Jesús», que llegó a las librerías en noviembre de 2012, el Papa mostró que las narraciones de Mateo y Lucas sobre la infancia de Jesús son «historia real y sucedida», según recogió Juan Vicente Boo. Es decir, «acontecimientos que tuvieron lugar y no meras parábolas. La interpretación teológica de verlos como cumplimiento de profecías no quita historicidad», añadió el corresponsal de ABC en el Vaticano.

Además de la ausencia de la mula y el buey en la gruta de Belén, el Papa recordaba en su análisis histórico que el nacimiento de Jesús tuvo lugar «entre los años 7 y 6 antes de Cristo», confirmando así el error de cálculo del monje Dionisio el Pequeño en la conversión del calendario. Hasta entonces se había basado en la coronación del emperador Diocleciano, pero a partir de los trabajos de Dionisio en el siglo VI se centró en el nacimiento de Jesucristo.

«Entre los años 7 y 6 antes de Cristo, que hoy se considera el momento verosímil del nacimiento de Jesús, se produjo una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte. Según Kepler, a ese fenómeno se añadió la aparición de una supernova creando un acontecimiento astronómico muy singular». Ésa fue la estrella que guio a los Magos de Oriente, según Benedicto XVI.

Sobre estos sabios orientales, que encarnan tanto la sintonía entre ciencia y fe como la apertura del Evangelio a los gentiles, el Papa hizo suya una afirmación del exégeta alemán Klaus Berger: «mientras no se demuestre lo contrario hay que suponer que los evangelistas no intentan engañar a sus lectores, sino relatar hechos históricos. Rechazar, por puro hábito de sospecha la historicidad de esta narración va más allá de las competencias del historiador».

La especulación sobre la procedencia de los Reyes Magos también se vio alimentada tras la publicación de la «Infancia de Jesús». En pocas horas el origen «tartésico» de Melchor, Gaspar y Baltasar se convirtió en trending topic en las redes sociales y todo porque el Papa mencionaba «Tartesso, España» cuando explicaba en el capítulo IV «qué clase de hombres eran esos que Mateo describe como Magos venidos de Oriente».

Como en el caso de la mula y el buey, el Pontífice recordaba que la tradición había enriquecido la figura de estos magos. En el Salmo 72 y en el Libro del profeta Isaías se menciona «a unos reyes que venían de Oriente y le traían regalos» y «como el pesebre es el cumplimiento del Antiguo Testamento, por eso se ha quedado como los Reyes Magos de Oriente», explicó el profesor de Nuevo Testamento de la Universidad San Dámaso, Andrés García Serrano.

Este sacerdote indicó en 2012 que en ningún momento el Santo Padre decía que fueran andaluces. «Lo que explica el Papa es que los magos no eran otra cosa que buscadores de la verdad. Representaban a todos los hombres buscadores de Dios de todos los tiempos y de todos los lugares y eso incluía a todo el mundo hasta entonces conocido y cuyo límite occidental era Tartessos, en la península ibérica», explicó.

                                                                                                                      El Papa Benedicto XVI – Ignacio Gil

La publicación de esta obra del Papa desató un alud de comentarios periodísticos, sobre todo a cuenta de la mula y el buey, «de apariencia eutrapélica (e intención malévola)», según Juan Manuel de Prada. A juicio del escritor, sostener que Benedicto XVI negaba la presencia de estos animales en el portal de Belén era una «tergiversación taimada de las palabras del Papa, muy ilustrativa de los métodos sibilinos que hoy se emplean para erosionar la fe de los sencillos».

«Se empieza diciendo que en el pesebre de Belén no hubo animales; y se acaba concluyendo que la Virgen no era virgen, que San José no era santo, que Jesús era un hombre como nosotros y que, en fin, el misterio de la Navidad no es otra cosa sino una superstición propia de ignorantes. A la postre, episodios como éste sólo redundan en el descrédito de la tradición y, puesto que la tradición es fuente de la fe, en aniquilamiento y asfixia de la propia fe, que queda así reducida a una “creencia popular” y evolutiva, un enjambre de mitos y fantasías que el “Progreso del Hombre” va confinando en los desvanes del folcklore ancestral; y en los que el Hombre Progresado hurga de vez en cuando, como el fiestero hurga en el baúl de su abuelita, para disfrazarse por Carnaval».

Hubo curiosidad aquel año de 2012 en ver cómo sería el nacimiento «oficial» que el Vaticano instalaría en la Plaza de San Pedro. La Santa Sede dio por cerrada la polémica al inaugurar un belén al uso, con su mula y su buey. El entonces secretario general de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, ya lo había avisado a los cristianos españoles: «Poned estas Navidades el Belén con el buey y la mula y sabed que éstos significan que hay que seguir con nuestra preciosa iconografía que nos ayuda a entender que las expectativas de los profetas en el Antiguo Testamento se cumplen en Belén».

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