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Historia

Feminismo «de lujo» en Roma: la primera gran revuelta de mujeres contra el abuso de los hombres

Israel Viana

La protesta callejera promovida por las matronas en el 195 a. C. es considerada «la más sorprendente manifestación de su poder en toda la historia romana», hasta el punto de que consiguieron derogar una ley que las discriminaba con respecto a los varones.

Ni el miedo, ni la desigualdad, ni la opresión ni las órdenes de sus maridos pudieron frenar las ansias reivindicativas de las mujeres en la Antigua Roma. Es cierto que no estaban todas, solo las que habían alcanzado un alto estatus económico, pero teniendo en cuenta que hablamos de lo que historiadores como Francisco García Jurado han calificado como «la primera manifestación femenina de la Antigüedad» o, según Richard Bauman, «la más sorprendente manifestación del poder de las mujeres en toda la historia romana», no es para restarle valor. Sobre todo, si tenemos en cuenta que aquello ocurrió hace más de dos mil años.

Para encontrar el detonante, debemos remontarnos al 215 a. C., cuando se estableció en

Roma la «Lex Oppia». Una medida que permitía al Estado intervenir sobre el ámbito privado de las familias en tiempos de guerra –debido a que era un momento en el que los caídos en la batalla, siempre hombres, no podían ejercitar el control de los gastos– y que limitaba el uso de los artículos de lujo de la élite en la vida pública.

La ley se aprobó a propuesta del tribuno Cayo Oppio en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, que tuvo lugar entre el 218 y el 201 a. C. El principal motivo que argumentó fue que, después de la derrota en la batalla de Cannas (216 a. C.) contra Aníbal Barca, Roma necesitaba urgentemente recursos económicos y pensaba que debían obtenerse de las riquezas y los lujos recién adquiridos por muchas matronas romanas. Consideraba que ellas eran las responsables del declive económico por su comportamiento inmoral y quiso frenar su creciente riqueza. «Eso refleja una fuerte intención de tratar de recuperar viejos valores como modo de luchar contra el advenimiento de una generación de mujeres ricas e ingobernables», en palabras de la historiadora Viviana Kühne en su artículo «La lex Oppia sumptuaria y el control sobre las mujeres» (2013).

Amenaza de sublevación

Otro de los motivos fue apuntado hace un año por la investigadora Giulia Vettori, para quien las restricciones de la Ley Opia buscaban suavizar «las diferencias sociales, en un intento de mantener compacta la estructura cívica en un momento de absoluta criticidad». Eso se tradujo en que las mujeres de la aristocracia no podrían lucir joyas de más de media onza de oro de valor ni usar vestidos de colores llamativos o carruajes de dos y cuatro caballos. La crisis se había apoderado de Roma a causa de la guerra y el ambiente se tornó irrespirable, hasta el punto de que la plebe comenzó a amenazar con sublevarse. De ahí que el Senado decidiera poner en marcha esta restricción de la ostentación pública de las riquezas, con el objetivo de calmar los ánimos de un pueblo que se moría de hambre.

No hay una única razón, por lo tanto. Sin embargo, tal y como cuenta la historiadora Alejandra Sentís Vicent en su trabajo «Movimientos reivindicativos de las mujeres en Roma durante el siglo II a. C.» (Universidad Autónoma de Madrid, 2020), «la ocasión se aprovechó también para limitar los bienes y libertades recién adquiridos por algunas matronas y frenar así su empoderamiento, partiendo del hecho de que, obviamente, la sociedad romana se fundamentaba en el sistema patriarcal que establecía la subordinación de la mujer respecto al hombre».

Todo esto creó un clima de austeridad moral y material, así como una especie de luto permanente, que a las mujeres aristócratas les costó aceptar. Sobre todo, cuando se produjo la recuperación económica de Roma tras su victoria final sobre los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, porque se permitió a los hombres volver a disfrutar libremente de sus bienes, mientras que a las mujeres no. No se sabe muy bien cuando empezaron las primeras críticas de estas, pero sí que fueron en aumento hasta que, en el 195 a. C., los tribunos Marco Fundanio Lucio Valerio decidieron solidarizarse con ellas y propusieron la derogación de la Ley Opia. Fue ese el momento en el que saltó la chispa. «Todas ellas sufren y se sublevan cuando ven que a las mujeres de los aliados latinos se les permite los ornamentos que a ellas se les niega», aseguró el segundo ante en el Senado.

El primer escrache

Las matronas no solo respaldaron dicha propuesta, sino que, según los testimonios conservados de la época, hasta ocuparon las calles y los accesos al foro para persuadir a los hombres de que apoyaran la derogación de la ley en la votación que debía producirse. Algunas de ellas, incluso, llegaron desde el entorno rural solo para manifestarse. En el siglo I a. C., el cronista romano Valerio Máximo afirma que las matronas, incluso, rodearon la casa de los hermanos Marco y Publio Bruto en una especie de primer escrache, porque ellos habían amenazado con impedir la derogación. En el XII, Zonaras menciona que llegan a entrar en la asamblea. Y en su libro «Roman Women» (Greenwood Press, 1962), el historiador británico John Percy Vyvian Dacre Balsdon lo compara con las protestas de las sufragistas de principios del siglo XVIII.

Cuando Lució Valerio utilizó en el Senado la expresión «se atreven», se refería a que tuvieron el coraje de salir del ámbito privado y ocupar el público para exigir un gesto de igualdad ante los hombres, algo inverosímil hasta entonces y durante muchos siglos después. Dicha actuación resultó inadmisible a los ojos de los romanos más conservadores, que lo sintieron como una profanación de los espacios de la vida pública reservados a ellos. Pero ellas no contaban con representación en el Senado ni en ningún otro organismo político, así como con los medios legales para defender sus propuestas, y no encontraron otra solución que echarse a protestar a la calle.

En el Senado se formaron entonces dos bandos: el primero, encabezado por Valerio y Fundanio, a favor de la derogación, y el segundo, liderado por el cónsul de Roma, Catón, que defendía los valores tradicionales de austeridad. Este último comenzó defendiendo la libertad de los hombres y criticando la rebelión de las mujeres. «Se deduce de su planteamiento que la libertad del hombre depende en gran medida del sometimiento de las mujeres […]. Es muy llamativo que Catón hable en varias ocasiones a lo largo de su discurso de una lucha constante entre hombres y mujeres, reflejando que le aterroriza si estas están liberadas», añade Sentís Vicent.

Espacio público y privado

A continuación, el cónsul de Roma subrayó la necesidad de que el ámbito público estuviera reservado únicamente a los varones y el privado, a las mujeres, defendiendo que estas no deberían preocuparse nunca por las leyes que se aprueban o se derogan. Le preocupaba, obviamente, que las matronas se quisieran implicar en los asuntos políticos, ya que estos debían corresponderles únicamente a ellos. Y lamenta el hecho de que «ahora hagan peticiones en público a los maridos de otras y, lo que es más grave, que soliciten el voto respecto a una ley».

Valerio, por su parte, alegó que la ley se había promulgado directamente contra las mujeres y en un momento de austeridad que ya no existía. Además, señaló que era ridículo que a los ciudadanos varones se les autorice a llevar prendas púrpuras y otros adornos, mientras que a sus mujeres no. E insistió por último en el hecho de que las matronas ya habían aparecido en público en varias ocasiones «y siempre por el bien común», así que no había nada que temer.

Al día siguiente, después de la manifestación y los discursos, se aprobó por votación la derogación de la polémica ley Opia. «Esto se debió, fundamentalmente, a la contundente presión femenina en la calle, que decidió no disolverse hasta que la medida fuera derogada», subraya Rosalía Rodríguez López, en su libro «La violencia contra las mujeres en la Antigua Roma» (Dykinson, 2018). Zonaras contó que, al día siguiente, las matronas colocaron adornos y salieron a celebrar su victoria por las calles bailando, haciéndose dueñas una vez más del ámbito público.

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