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Historia

«Inmundos»: los locos paracaidistas saboteadores que aterraban a los nazis en la II Guerra Mundial

Manuel P. Villatoro

Conocidos como los «Filthy 13», recibieron el encargo de defender dos puentes clave para los aliados durante el Desembarco de Normandía

La Segunda Guerra Mundial fue la cuna de nuevas (y controvertidas) formas de hacer sudar al contrario. Por un lado, el ejército británico se especializó en el uso de unidades de comandos, ya explotadas años antes en nuestra castiza lucha fratricida, para atravesar el frente y provocar el caos. Por otro, los alemanes primero, y los norteamericanos después, apostaron de forma intensa por la formación de divisiones aerotransportadas capaces de lanzarse tras las líneas enemigas y acabar por sorpresa con posiciones defensivas de esas que la infantería tardaría semanas en conquistar.

El valor de ambas quedó de sobra probado en operaciones como las acometidas por el SAS en África o por los míticos «Fallchimjager» germanos en el fuerte de Eben-Emael.

Sin embargo, si hubo una unidad que supo aunar lo mejor de ambos mundos, esa fue la de los «Filthy 13». O los «13 Inmundos», que diríamos por estos lares. Considerados como los verdaderos «Malditos bastardos», los hombres de la sección de demolición y sabotaje del 1er Batallón del 506º Regimiento de Infantería Paracaidista de la 101ª División Aerotransportada se hicieron famosos a lo largo de la Segunda Guerra Mundial por tres cosas: su líder, Jake McNiece (un militar desobediente y odiado por sus superiores que inspiró la película «Los doce del patíbulo»), su escasa pulcritud y la misión especial que acometieron durantre el Desembarco de Normandía.

Su historia, que puede hallarse al completo en la obra «Lo que nunca te han contado del Día D», supone una mezcolanza de mentiras y mitos, pero también el vivo ejemplo de que hasta las unidades de élite tienen su lado oscuro.

Inmundos

A pesar de haber visitado decenas de veces el calabozo, de haber sido amonestado una y otra vez por sus superiores y de haberse convertido en el azote de los mandos, el sargento de la 101ª División Aerotransportada Jake McNice partió junto al resto de sus compañeros hacia Inglaterra el 5 de septiembre de 1943. Solo diez días después de salir de Estados Unidos llegaron a su destino: Liverpool. Aquella era la última escala antes de que comenzara la conocida como la gran cruzada de Ike Eisenhower: el Desembarco de Normandía.

Fue también en tierras británicas donde, tras decenas de idas y venidas, McNice conocería a los que fueron finalmente los «Filthy 13». La mayoría eran como nuestro protagonista: militares problemáticos a los que otros mandos despreciaban.

La unidad de McNice, la sección de demolición y sabotaje del 1er Batallón del 506º Regimiento de Infantería Paracaidista, se convirtió, a partir de entonces, en una auténtica leyenda entre los estadounidenses, aunque no precisamente por su limpieza y pulcritud. De la mano de su rebelde y sucio superior, los miembros del grupo empezaron a dejar de lado la higiene. Y no por un pacto de sangre, como se ha extendido, sino porque les molestaba tener que mantenerse limpios. «Mis chicos estaban tan sucios y desaliñados que nos acostábamos vestidos y nos levantábamos bastante bien. Dormíamos con el uniforme completo siete días a la semana», afirmó.

«Mis chicos estaban tan sucios y desaliñados que nos acostábamos vestidos y nos levantábamos bastante bien. Dormíamos con el uniforme completo siete días a la semana»

No usaban el escaso cubo de agua que recibían a la semana para lavarse, sino para cocinar. Tampoco lavaban la ropa y, por descontado, jamás limpiaban la mugre de las habitaciones donde dormían. Ninguno de ellos se afeitaba ni se acicalaba. Por si fuera poco, solían saltarse las normas y llevar hasta el barracón cualquier animal que podían cazar para cocinarlo. El irreverente sargento en funciones llegó a robar peces de un estanque cercano y guardarlos en su uniforme, que jamás lavó. Desde entonces empezaron a ser conocidos como los «Filthy 13» debido a que ese era el número de hombres que había en un pelotón de demolición.

Si bien la suciedad fue el rasgo que más les dio a conocer, los «Inmundos» pronto comenzaron a ser populares también por su falta total de respeto hacia sus superiores. Animados por McNice, pronto dejaron de saludar a los oficiales y empezaron a dirigirse a algunos por sus apodos y no por su rango. Tampoco respetaban las normas que creían absurdas. También se jactaban de solucionar los problemas entre ellos con los puños antes de que el enfado se enquistara. Era mejor dedicar quince minutos a los golpes que dos semanas a los rencores.

Hacia el Día D

Poco a poco, la invasión se iba acercando para el ejército aliado y los «Filthy 13» no fueron una excepción. Los primeros días de junio fueron los peores. Por entonces todos sabían que no tardarían en subirse a sus C-47 (los aviones de transporte que les trasladarían hacia las playas de Normandía), pero desconocían cuándo. En esos momentos de pura tensión, la sección de demolición organizó una fiesta que aparece representada en la película «Los doce del patíbulo». En ella corrió el alcohol y abundaron las relaciones sexuales. Prácticas, huelga decir, prohibidas para los soldados que iban a participar en la Operación Overlord.

McNice

Pero ni todas las celebraciones ni toda su rebeldía iban a darles la popularidad que alcanzaron gracias a un solo instante del 5 de junio. Aquel día, mientras el resto de paracaidistas preparaba su equipo, las cámaras aliadas captaron como unos rudos soldados con el pelo cortado como los indios mohawk se pintaban la cara con símbolos tribales. Esa fue la imagen que lanzó a la fama a los «Filthy 13», ya no solo entre los millones de civiles que la vieron con posterioridad, sino entre los propios miembros de la 101ª División Aerotransportada. La leyenda que se extendió afirmaba que habían decidido raparse para rendir su particular homenaje a los nativos americanos. Otros, sencillamente, afirmaron que habían adoptado aquel aspecto para que los alemanes sintiesen pavor al verles.

La realidad, tal y como la desvela McNice en sus memorias, es mucho más simple. Según sus palabras, él fue el primero que se afeitó, y lo hizo por dos motivos. Para empezar, por tradición. «En Oklahoma llevábamos este peinado. Quien mata a otro recibe este corte como trofeo. Se trata de una costumbre india que siempre observamos. Para mí es como vuestra medalla de San Cristóbal», explicó a sus chicos. Sin embargo, la causa principal era más práctica: evitar que los piojos le causasen problemas. Otro tanto pasó con las pinturas de guerra, un mero camuflaje que evitaba tener que ponerse la molesta red llena de hojas que portaba el resto. Parece que a los «Inmundos» ambas ideas les parecieron buenas, así que las copiaron.

«En Oklahoma llevábamos este peinado. Quien mata a otro recibe este corte como trofeo. Se trata de una costumbre india que siempre observamos. Para mí es como vuestra medalla de San Cristóbal»

Minutos después de que las cámaras captaran una de las instantáneas más recordadas del Desembarco de Normandía, los «Inmundos» subieron decididos a su C-47. Aunque no eran trece, sino diecinueve porque McNice había solicitado refuerzos para poder llevar a cabo la dura misión que habían asignado a su unidad: limpiar de enemigos los 5 kilómetros que separaban Saint-Côme-du-Mont del determinante enclave de Carentan y tomar (junto al 3er Batallón del 506º Regimiento de Infantería Paracaidista) los dos puentes sobre el río Douve. Si no podía defenderlos, Jake había recibido órdenes de volarlos para evitar que el enemigo organizara un contraataque desde esa zona.

La misión más dura

Antes de las once de la noche el avión que llevaba a los «Inmundos» despegó de Inglaterra. La noche transmitía paz, pero todo cambió cuando el piloto vislumbró la costa. Ese fue el pistoletazo de salida para que la artillería antiaérea nazi les diera la bienvenida. El sonido de los impactos contra el fuselaje fue suficiente para que algunos perdieran los nervios. La solución de McNice para evitar el descontrol fue encadenar una broma tras otra, recordar a sus hombres sus objetivos y darles instrucciones de última hora. Mantenerles distraídos, en definitiva. Quería que olvidaran que, pocas horas antes, un sacerdote les había informado de que la mitad de ellos no sobreviviría al desembarco.

Jake no quería hombres que se dejasen matar. Prefería a su lado perros de presa dispuestos a llevarse por delante a decenas de alemanes. «Si un paracaidista no se divierte con su trabajo, no dura», afirmaba.

Su división empezó a saltar a partir de las doce menos cuarto de la noche entre un incesante fuego de artillería, proyectiles capaces de acabar con la vida de un soldado con solo con tocarlo. Los «Inmundos», que en el último momento habían sido asignados al 3er Batallón, debían caer a unos 4.000 metros de los puentes de Carentan, pero no pudieron cumplir esa primera parte de la misión por culpa de un problema en la puerta de salto. El resultado fue que se separaron y que McNice aterrizó… ¡a 13 kilómetros de su objetivo! Solo uno de ellos pisó tierra cerca de él: Louis «Loulip» Lipp. Y no fue de ayuda porque murió tras impactar de espaldas contra el suelo.

                                                                                                        Los Inmundos, en una de sus instantáneas más famosas

La noche había empezado muy mal para Jake. De hecho, afirmó que se sintió abatido cuando se vio solo en plena Normandía y que, al no toparse con ningún compañero, llegó a pensar que habían cancelado la invasión. Aunque lo cierto es que tuvo poco tiempo para pensar ya que el combate lo mantuvo ocupado. Las siguientes horas fueron un verdadero infierno para el sargento y no tuvieron nada que ver con los primeros momentos de Winters sobre territorio francés.

Por suerte, pudo hallar primero a varios paracaidistas y, a continuación, a algunos de sus muchachos de la sección de demolición. También alistó a varios hombres que se encontró durante el camino. Cuando hubo reunido a diez combatientes, y todavía en plena noche, decidió abandonar las cercanías de Sainte-Mère-Eglise y cumplir la misión que le habían asignado. «Parecía importante que esos puentes se destruyesen u ocupasen», explicó. Al final, el largo periplo de McNice terminó cuando llegó con sus nuevos «Filthy 13» (solo uno de los originales combatió con él en Normandía) a los puentes hacia las tres de la mañana. A partir de este punto el resto de la historia varía según las fuentes.

Parece ser que los hombres de demoliciones fueron los primeros en pisar su objetivo. Sin embargo, los paracaidistas presentes no se ponen de acuerdo en varios puntos. Según explica Jake en sus memorias, durante la primera noche llenaron de explosivos las dos pasarelas. La primera era peatonal y no aparecía en los mapas, mientras que la segunda estaba destinada al paso de vehículos y había sido construida con vigas de hormigón. El informe oficial, por su parte, señala que fueron minadas el segundo día y que aquellos improvisados «Inmundos» recibieron, a las cuatro y media, refuerzos de varios hombres del 3er batallón.

«Parecía importante que esos puentes se destruyesen u ocupasen»

Aunque la versión de Jake difiera parcialmente de la de otros soldados y oficiales, coincide en lo primordial. Según él, tras minar el primer objetivo dirigió a sus hombres hacia el puente principal. Todavía era de noche y, debido a la oscuridad, no sabía si alguien les seguía. Solo les quedaba avanzar y tratar de defender aquel paso. No les resultaría fácil. A pesar de que, en principio, los alemanes apenas se percataron de su presencia (lo que les permitió colocar las cargas explosivas), pronto empezaron a disparar sobre ellos. Cada centímetro ganado se pagaba caro.

A lo largo de la mañana siguiente, los alemanes trataron de atravesar el paso varias veces. Por suerte no lo hicieron con tanques, pues los paracaidistas carecían de armas anticarro efectivas. De haberlo hecho, los americanos no habrían tenido más opción que hacer saltar por los aires aquel perdido pontón y escapar antes de ser aplastados por todo el poderío de los Panzer. Pero contra la infantería las cosas eran distintas. Al fin y al cabo, los puentes eran tan largos que, cuando los nazis intentaban cruzarlos, se convertían en un blanco fácil.

Diablos voladores

Según las órdenes solo tendrían que resistir un día más antes de que las tropas de desembarco reforzaran su posición, pero no tuvieron tanta suerte. En palabras de McNice, al tercer día su sección y los miembros del Batallón seguían todavía agazapados para resistir cualquier asalto enemigo. Es imposible imaginar cómo tenían que sentirse los paracaidistas enfrentándose a decenas de nazis sin saber cuándo llegaría su relevo, pero más les hubiese valido no recibir ayuda porque durante la noche tuvieron una visita inesperada que les desagradó bastante: dos aviones aliados P-47 (Jake afirmó que eran P-51).

¿Qué pretendían? Ni más ni menos que volar el puente que a los «Filthy 13» tanto les había costado mantener. De nada valieron las señas que hicieron a los pilotos desde tierra. Parece que los aviadores no podían creer que allí aún hubiese fuerzas aliadas.

Los aparatos fueron una pesadilla doble. No les valió con atacar el puente, sino que, tras dejar caer sus bombas y hacerlo saltar por los aires, dispararon contra McNice y sus hombres creyendo que eran enemigos. El enfado de los «Inmundos» fue monumental. Habían mantenido a raya a los nazis, pero eso no había servido para cumplir su objetivo por culpa de aquellos pilotos. Con todo, la rabia se esfumó cuando entendieron que ya solo tendrían que enfrentarse a la infantería enemiga. Tras acabar con un batallón durante los días siguientes, recibieron al fin el apoyo prometido desde la playa.

Así acabó el combate en el Douve para McNice y sus nuevos hombres. En los días posteriores su peculiar unidad participó en la toma de Carentan. A partir de entonces se dedicó a comer hasta hartarse y emborracharse con todo el licor que encontró. Así pasó sus últimos días en Normandía hasta que fue devuelto a Inglaterra el 13 de julio.

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