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Historia

La gran mentira de las Brigadas Internacionales, según uno de los mejores generales de la República

En palabras de Enrique Líster, a pesar de que los voluntarios extranjeros fueron un «ejemplo maravilloso de solidaridad antifascista», no llevaron el peso de las contiendas clave de la Guerra Civil. «Eso le convenía decir a los franquistas»

Alberto de Frutos, investigador y divulgador histórico especializado en la Guerra Civil, analiza el verdadero impacto de los brigadistas en España

La estampa del 28 de octubre de 1938 hubiera estremecido a cualquiera, ya fuera de izquierdas, derechas, arribas o abajos. Tal y como quedó inmortalizado en el noticiario «Spain Today», aquella tarde Barcelona se había engalanado para la ocasión. La Avenida 14 de Abril, nombre que evocaba la proclamación de la Segunda República, fue decorada con banderas, pancartas y flores. Ni las farolas se libraron del fervor y se vieron obligadas a sujetar pequeños carteles con los nombres de las unidades extranjeras que habían prestado sus servicios en el Ejército Popular. «Rakosi», «Henry Barbusse» y otros tantos más. En la fachada de la plaza Hermanos Badía, un gigantesco tapiz con el escudo republicano recibía a los presentes.

Desde una tribuna ubicada en la misma avenida (hoy La Diagonal), autoridades de postín como Manuel AzañaJuan Negrín o Josep Tarradellas arropaban con una sonrisa a los miles de asistentes. Según los medios, entre 200.000 y 300.000. Todos ellos, hombres, mujeres, niños y ancianos, habían acudido para dar el último adiós a las Brigadas Internacionales antes de que estas fueran repatriadas a sus países de origen. Algunos de los presentes no podían creer la ingente cantidad de personas que salieron a la calle esa tarde. «¿Es posible, con lo mal que nos va a todos, que queden tantos rojos en Barcelona?», afirmó uno de los presentes, según recoge Tomás Caballé en «Barcelona Roja».

Lo era. Ese 28 de octubre, la Segunda República despidió entre gritos, cánticos y aplausos a los brigadistas extranjeros. El desfile, que se inició a las cinco de la tarde en el Palacio Presidencial y terminó en la Plaza de Cataluña, buscaba rendir tributo a jóvenes que, a pesar de carecer de formación militar alguna, habían arribado de lejanas tierras para enfrentarse a los ejércitos de Francisco Franco. El impacto de estos 35.000 hombres y mujeres en la Guerra Civil fue más emocional que efectivo. Sin embargo, su mito caló tan hondo que Dolores Ibárruri, la Pasionaria, les dedicó un discurso apenas unas jornadas después, el 1 de noviembre:

«Es muy difícil pronunciar unas palabras de despedida dirigidas a los héroes de las Brigadas Internacionales, por lo que son y por lo que representan. Un sentimiento de angustia […] sube a nuestras gargantas atenazándolas… Angustia por los que se van, soldados del más alto ideal de redención humana […]. ¡Madres! ¡Mujeres! Cuando los años pasen y las heridas de la guerra se vayan restañando; cuando el recuerdo de los días dolorosos y sangrientos se esfume en un presente de libertad, de paz y de bienestar; cuando los rencores se vayan atenuando y el orgullo de la patria libre sea igualmente sentido por todos los españoles, hablad a vuestros hijos; habladles de estos hombres de las Brigadas Internacionales».

Esa imagen es la que ha pervivido en la sociedad. Por eso resulta extraño que, en los años setenta, el general comunista Enrique Líster relativizara de forma sucinta su importancia en una extensa entrevista concedida a la reportera Sheelagh Ellwood. No porque sus miembros no «hubieran desempeñado un papel importante» o porque no fueran «un ejemplo maravilloso de solidaridad antifascista», sino porque -en sus palabras- su papel fue exagerado por el bando Nacional de forma deliberada e interesada. ¿El objetivo? Sencillo: justificar la llegada de hombres y material desde la Alemania de Adolf Hitler y la Italia de Benito Mussolini. Aquello del ojo por ojo.

Alberto de Frutos, investigador y divulgador histórico especializado en la contienda (sus obras «Historia a pie de calle» y «La Segunda República española en 50 lugares» así lo demuestran), corrobora a ABC que Líster llevaba parte de razón. En sus palabras, aunque es cierto que hay que aplaudir a estos voluntarios que arribaron a España desde otros países, también lo es que «hay una visión muy romántica, muy idealizada, de las Brigadas Internacionales, en buena medida alimentada por los corresponsales que cubrieron la guerra». Según el autor, que en pocas semanas publicará «30 paisajes de la Guerra Civil» (un recorrido fotográfico y documental a través de sus enclaves determinantes), la realidad es que su número fue reducido si lo comparamos con el grueso del Ejército Popular.

Llegada controvertida

Hallar el origen de los primeros extranjeros que combatieron por el bando republicano requiere hacer retroceder el calendario hasta la sublevación de julio de 1936. Aquella que protagonizó el ejército de África al mando -entre otros- de Francisco Franco. En «La Guerra Civil Española y las Brigadas Internacionales»,Manuel Espadas y Manuel Requena narran que fue entonces cuando llegaron a nuestro país «unos cientos de voluntarios» que fueron agrupados en pequeñas unidades que no tardaron en desaparecer. También arribaron medio millar de oficialesasesorespilotoscarristas técnicos soviéticos que no formaron grupos individuales, sino que colaboraron de forma independiente con la Segunda República.

Para enfrentarse a las que habían sido unas de sus unidades mejor preparadas, Francisco Largo Caballero creó, decreto mediante, el Ejército Popular el 30 de septiembre de 1936, que fue reorganizado a su vez en Brigadas Mixtas. Sin embargo, el cambio no fue bien recibido por algunas milicias como las anarquistas, poco proclives a verse sometidas a una dirección castrense. A ese caos inicial de los primeros meses de la Guerra Civil se sumaron las diferencias ideológicas entre comunistassocialistas y un extenso abanico más de partidos y sindicatos. Todos ellos, con tropas en las calles de las principales ciudades españolas.

En mitad de aquella tensión política surgieron las Brigadas Internacionales. Unidades de voluntarios extranjeros organizadas, al menos en principio, por el Komintern (la Internacional Comunista) y grupos franceses de la misma ideología. De hecho, los autores españoles confirman en su obra que Largo Caballero receló en principio de su llegada al país. Entendía que eran útiles, pero también sabía que, si se conformaban con sus propios mandos y oficiales, podían generar un problema severo en el seno de la Segunda República. Y eso, sin contar el mal impacto que podría tener sobre la comunidad internacional. Con todo, el político socialista aceptó y, el 12 de octubre de 1936, pisaron la base de Albacete los primeros voluntarios.

Así recordó aquellos días el mismo Largo Caballero en una serie de cartas enviadas antes y después de la Guerra Civil:

«Los comisionados enviados al extranjero daban noticias optimistas sobre la adquisición de material de guerra. […] Se tropezaba con muchas y grandes dificultades. Había que arreglarse con aquello de que se disponía, lo que era muy poco. Se hicieron registros en los Centros oficiales donde se sospechaba que había armas: sótanos de Gobernación, cuarteles de la Guardia Civil, etc. y los resultados fueron nulos. […] Era una desesperación. Algunos extranjeros ofrecían su ayuda y se aceptaba, sin tiempo para comprobar sus intenciones, su calidad, su filiación política. Así se organizaron Brigadas internacionales. Del mismo modo se aceptó la ayuda de Rusia creyendo en su desinterés y lealtad. A los rebeldes les ayudaba Alemania e Italia, ¿debíamos rechazar cualquier cooperación por muy interesada que fuese?».

A lo largo de los meses siguientes se unieron al Ejército Popular varios miles de brigadistas llegados de otros tantos países. Cifrarlos de forma exacta resulta casi imposible, pues cada autor ha otorgado unos datos concretos. En «Las brigadas internacionales», el historiador Manuel Requena Gallego afirma que el número oscila entre los 35.000 y los 160.000. Las más bajas han sido ofrecidas por Kiva Lvóvich Maidanik, Jacques Delperrié de Bayac o Hught Thomas (todos ellos con 35.000). El general Gómez, por su parte, eleva los brigadistas hasta 52.000, mientras que Andreu Castells hace lo propio, pero hasta 59.380. Los más exagerados, en palabras de Requena, han sido «los historiadores pro-franquistas» y la prensa del Régimen, que determinan que arribaron hasta 160.000.

El general opina

En la entrevista concedida a Ellwood, una vez terminada la Guerra Civil, el general Enrique Líster (famoso por haber participado en las batallas de GuadalajaraBruneteTeruel y el Ebro) dejó claro que la aportación de las Brigadas Internacionales en el conflicto no había sido tan determinante como la propaganda de uno y otro bando habían hecho pensar. El que fuera también líder del Quinto Regimiento (con el que participó en la defensa de Madrid) y jefe de la XI División (una de las mejor preparadas del Ejército Popular) lo argumentó así:

-¿Qué peso atribuye usted a la intervención de las Brigadas Internacionales en la defensa de Madrid?

-Cuando llegaron las Brigadas Internacionales, Madrid ya había sido salvado. Los tres días difíciles de Madrid fueron el 6, 7 y 8 de noviembre, y los primeros dos mil brigadistas llegaron el 9. Entraron en combate y combatieron bien, pero, claro, dos mil brigadistas no podían salvar Madrid. Su papel fue importante, sobre todo en el primer período de la guerra: pero hay un falso enfoque sobre el particular. Por parte de los franquistas, porque así les convenía decir que fueron las Brigadas Internacionales las artífices de toda una serie de batallas. Por parte de gente interesada, de las Brigadas y otros que jo eran de las Brigadas, de inflar el papel militar y combativo de estas.

Tampoco se mordió la lengua al poner en consideración el número de brigadistas que combatieron en la Guerra Civil con respecto al Ejército Popular:

-El ejército popular llegó a tener 1.200.000 hombres y los brigadistas que llegaron a España fueron 35.000 de 58 países. En ninguna batalla llegaron a actuar los 35.000 juntos. En batallas como el Jarama desempeñaron un papel importante.

Para Líster, la importancia de las Brigadas Internacionales no residía en que hubieran sido determinantes en el campo de batalla, sino en su importancia desde el punto de vista moral:

-Para mí, la cuestión de las Brigadas Internacionales tiene otro carácter. Hay que preguntarse qué representaron esos voluntarios llegados de cerca de sesenta países. En España se daba la primera batalla armada contra el fascismo y estos cuantos miles de hombres eran los embajadores de millones y millones de gentes que en el mundo defendían y apoyaban la lucha del pueblo español contra el fascismo. De esas gentes que hacían manifestaciones, recaudaban dinero, mandaban ambulancias y leche para ayudar a la lucha de los republicanos españoles. Esto es lo que representaron fundamentalmente. Eran el ejemplo maravilloso de la solidaridad antifascista.

Cinco preguntas a Alberto de Frutos

-¿Por qué se marcharon las Brigadas Internacionales de España?

El Doctor Negrín, en los Trece puntos que redactó en abril de 1938 para acabar con la guerra, subrayaba que había que “liberarla de militares extranjeros invasores”, una pretensión vana desde el mismo verano de 1936, puesto que el Comité de No Intervención había resultado totalmente inoperante. En agosto del 38, Negrín concibió la retirada de los voluntarios de las Brigadas Internacionales y, en su despedida, les dijo que lo hacía para contribuir a “la pacificación del mundo”. El objetivo de su gesto –a esas alturas, más cosmético que otra cosa– parece claro.

La salvación de la República pasaba por la mediación de la Sociedad de Naciones y, en Ginebra, tenían que tener claro quién era el “enemigo”: Alemania e Italia, no los voluntarios que habían sido arrojados “de su propio país por el terror fascista”, como dijo en un discurso. Desde luego, el Gobierno de la República no creía que Franco fuera a corresponder a la retirada con un guiño similar, pero, al menos en el terreno internacional, la República se anotaba un punto. Y un punto que, para qué nos vamos a engañar, no les costaba demasiado. De los más de 35.000 efectivos que llegaron a engrosar las filas de las Brigadas Internacionales, diez mil habían muerto en combate y, en octubre de 1938, quedaban sobre suelo español unos 12.000, desmotivados y asqueados por lo que habían vivido.

-Líster afirma que el papel de las Brigadas Internacionales fue exagerado por la propaganda. ¿Está de acuerdo?

Claramente. Hay una visión muy romántica, muy idealizada, de las Brigadas Internacionales, en buena medida alimentada por los corresponsales que cubrieron la guerra; si bien Hemingway, en su novela Por quién doblan las campanas, dijera que los miembros de la XIV Brigada Internacional eran una banda de “borrachos, clochards, vagabundos, fanáticos y héroes”. Lo que la propaganda republicana no podía contar era que los voluntarios que se plantaron en la base de Los Llanos de Albacete, en octubre de 1936, carecían de recursos y de formación para salir airosos de los primeros combates. Solo hay que recordar las degollinas de Lopera, en las Navidades de 1936, o de Brunete, en julio del 37, para entender de lo que hablamos. Les sobraban idealismo y corazón, pero les faltaban medios.

-¿También en Madrid?

Sobre la defensa de Madrid, el siniestro André Marty, comandante en jefe de las Brigadas Internacionales y apodado “el carnicero de Albacete”, sentenció que Madrid “habría caído sin las Brigadas Internacionales”. Sin duda, la XI de Kléber (caído en desgracia por el paranoico Stalin) y la XII del general Lukács (muerto en 1937) lucharon heroicamente, como mejor pudieron, y contribuyeron a que el Ejército del Centro mantuviera las posiciones. Desde el caótico y frustrado asalto al Cerro de los Ángeles, en Getafe, a la lucha cuerpo a cuerpo en Ciudad Universitaria, el coraje de los brigadistas fue poco menos que legendario, pero, en mi opinión, Madrid se habría salvado, igualmente, sin ellos. La “defensa a toda costa” diseñada por Miaja y Rojo se sustentó en los milicianos y en las primeras Brigadas Mixtas, con Líster a la cabeza de la primera (y, por cierto, fue esta la que tomó el citado Cerro de los Ángeles unos meses después, en enero de 1937). Los brigadistas en combate eran todavía muy escasos.

-¿Qué papel jugaron las Brigadas Internacionales en las guerrillas internas entre la cúpula más moderada de la República y la facción comunista?

Partiendo de que las Brigadas Internacionales se constituyeron en el seno del Partido Comunista francés y de que la Komintern designaba a sus oficiales, es evidente a quién debían obediencia sus mandos. Otra cosa, por supuesto, eran los voluntarios de a pie. De ahí el desengaño de muchos de ellos y de ahí las deserciones, sobre todo en el curso de la batalla del Ebro. Hay que tener en cuenta que muchos brigadistas no estaban afiliados al Partido Comunista: si aceptaban su disciplina, era solo por sentido práctico, pues solo la Komintern podía cohesionar una fuerza tan heterogénea contra el fascismo. Pero muy pronto aquellos soñadores se vieron obligados a aprender el significado de la “justicia revolucionaria”. Porque, ojo, dentro de las filas de las Brigadas Internacionales había simpatizantes trotskistas, aunque la mayoría luchara bajo las siglas del POUM, que fueron barridos por los agentes de Stalin (aquí cabría mencionar, por ejemplo, a George Mink, un gánster que ejecutó a varios brigadistas trotskistas y anarquistas y cuyo rastro se perdió en México, cuando iba a la caza de Trotsky).

Así, pues, habría que analizar caso a caso, nombre a nombre, la postura de esos voluntarios respecto a la deriva de la Guerra Civil o de las luchas intestinas en el bloque republicano. Algunos criticaron abiertamente el aparente sometimiento de la República a los dictados de Stalin, mientras que otros lo ampararon.

-¿Qué visión deberíamos tener de Líster?

Diría que fue un militar muy meritorio y que, durante la Guerra Civil, tuvo más aciertos que errores y una ética de la justicia que no abundó en ninguno de los bandos. Careció, tal vez, de la inteligencia o el sentido de la estrategia de Juan Modesto, pero fue, como escribió Antonio Machado, “un español indomable”, y no un bocazas como Valentín González, el Campesino. Todo esto es curioso, porque Líster se reconoció como un antimilitarista. Y en sus años maduros no se mordió la lengua –desnudó las miserias de Santiago Carrillo– y habló con lucidez sobre su participación en la Guerra Civil y sobre Stalin y sus años en Moscú, donde se formó en la prestigiosa Academia Frunze.

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