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Historia

Lo que habría ocurrido si Juan Prim hubiera sobrevivido al atentado de la calle del Turco

César Cervera

Cuando se cumplen 150 años de la llegada de Amadeo I a España, cabe preguntarse las razones del naufragio de la primera monarquía constitucional y qué esperaba Prim del futuro

Para Amadeo de Saboya no hubo respiro en su reinado constitucional. El fallecimiento de Juan Prim el día anterior a la llegada del Monarca empañó su entrada triunfal y le dejó a solas en la afilada España. El primer Rey español elegido por las Cortes no encontró en el país ni alivio ni consuelo durante tres agónicos años donde, por si eran pocas las humillaciones de la aristocracia y las revueltas independentistas en Cuba, parió el carlismo su conflicto crepuscular y los republicanos empezaron a conspirar. La reacción del italiano frente a este desprendimiento de piedras en su riñón fue de perplejidad absoluta.

En su papel de rey constitucional, austero y moderado, soportó insultos, desplantes y hasta un atentado. En julio de 1872, Rey y Reina regresaban a palacio tras pasear por los jardines del parque del Retiro cuando un coche se les atravesó a la altura de la calle Arenal. Demasiada coincidencia con lo que le había ocurrido al general Prim… La suerte quiso que la Reina sintiera frío y se subiera el chal justo a tiempo de que Amadeo distinguiera a un tirador en la calle. De forma rauda, el Monarca se levantó para cubrir a su esposa y evitar que fueran cosidos a tiros. El coche real puso pies en polvorosa para refugiarse en palacio, la última aldea que resistía en pie para los de Saboya. Solo hubo que lamentar la muerte de una de las monturas.

El 11 de febrero de 1873 Amadeo de Saboya se hartó del caos y renunció al trono con un discurso lapidario que reflejaba la desesperación del Monarca ante un pueblo demasiado visceral:

«Dos años largos ha que ciño la corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada vez más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males. Mientras se proclamaba la Primera República y algunos se ponían el hábito de revolucionarios radicales, el de Saboya marchó con su familia a Turín a reanudar su apacible vida burguesa sin que los carlistas o los Borbones se le aparecieran en sueños».

Un recibimiento frío

Las razones por las que no cuajó esta monarquía constitucional se suelen reducir a una cuestión tan peregrino, o no, como es la muerte del gran valedor del proyecto: Juan Prim, que fue víctima de un atentado justo cuando salía de ultimar en el Congreso la llegada de Amadeo a España. Para los defensores de este enfoque, la España diferente que representaba Prim murió con él. La ocasión de cambiar el siglo XIX se perdió y muchos se preguntan, desde entonces, qué hubiera ocurrido de haber vivido el general catalán.

María José Rubio, fundadora y directora de la sociedad Bicentenario de Prim 2014, considera que el de Reus era la figura española «más cosmopolita y más conocido a nivel internacional de su tiempo. Alguien que acaparó portadas en los grandes periódicos del mundo y que, de haber vivido hubiera cambiado muchas cosas de la historia de España. Gracias a él se aprobó una constitución pionera en Europa, muy avanzada, y el futuro hubiera ido en esa línea, hubiera sido muy diferente».

Esta historiadora y novelista defiende que, de haber sobrevivido al atentado, la Monarquía de Saboya hubiera sido viable y, entre otras cuestiones, se habría abierto otro escenario en Cuba. «Prim se entrevistó con Abraham Lincoln y conocía bien el potencial militar de EE.UU, por esta razón era defensor de que España cediera una independencia negociada con Cuba, que dejara su política colonial y se centrara en una política de hermandad con los territorios americanos. Su proyecto hubiera cambiado nuestra historia y habría evitado el Desastre del 98», considera.

Sin duda, la situación de Amadeo I sin Prim era de fragilidad absoluta y no le hubiera venido mal la fuerza política del catalán. «Puede que por su carisma y su capital simbólico Prim hubiera podido aunar a los liberales unionistas. Se intentó implantar un turnismo que no fue a ninguna parte, y tal vez Prim podría haber hecho algo para que funcionara, pero eso es entrar en política ficción», defiende Daniel Aquillué, doctor en Historia y autor de «Armas y votos. Politización y conflictividad política en España» (IFC).

La cuestión de fondo es que un proyecto que dependía de una sola pata estaba condenado a la inestabilidad y a que, ya fuera por su muerte o por su caída en desgracia, la monarquía finalizara con la pérdida de poder de Prim. Desde la derrota de Napoleón III unos meses antes en la batalla de Sedán, republicanos, carlistas y borbónicos habían recuperado el aliento y no estaban dispuestos aceptar en ningún caso a Amadeo.

La situación internacional había cambiado, pero los planes de Prim, no. «Las cosas no fracasan por sí mismas, sino que a veces hay que hablar más bien de quién las hace naufragar. Se suele menospreciar la fuerza que tenían los republicanos, pero estamos hablando de miles de personas levantadas en armas durante el reinado de Amadeo. Sus insurrecciones y los levantamientos carlistas fueron un factor de desestabilización brutal», recuerda Aquillué.

En el momento de su muerte Prim ya tenía muchos enemigos a izquierda y derecha como para sostener por sí mismo, ni siquiera con su núcleo más cercano, la Monarquía de Amadeo.

El efecto de los asesinatos en la Historia

En su libro «Contrafactuales: ¿y si todo hubiera sido diferente?» (Turner, 2018), el historiador Richard J. Evans analiza la utilidad o no de este tipo de preguntas ucrónicas para la historiografía, concluyendo que las teorías contrafractuales «tienen poca utilidad práctica en el estudio solvente del pasado». En su opinión, estos estudios no tienen en cuenta la cadena completa de causa efectos que se altera al cambiar el hecho inicial y suelen responder más a necesidades del presente que a un interés por añadir conocimiento al pasado. La supervivencia de Prim pudo haber dado lugar a toda una serie de acontecimientos diferentes a los que ocurrieron y haber eclosionado en otros problemas para el país.

«Un magnicidio no tiene por qué cambiar la historia, pero sí supone una conmoción histórica»

Es imposible saber a ciencia cierta cómo hubieran evolucionado los cambios y más cuando se trata de un asesinato. Benjamin Disraeli, primer ministro del Reino Unido en el siglo XIX, aseguraba que «el asesinato jamás ha cambiado la historia del mundo», siendo sus efectos más palapables lo que influyen en el imaginario colectivo. «Un magnicidio no tiene por qué cambiar la historia, pero sí supone una conmoción histórica, porque personajes como Prim o John F. Kennedy eran muy conocidos, tan amados como odiados. Por ejemplo, la muerte del presidente estadounidense no supuso un cambio fundamental en la política del país, tal vez solo en lo referido a Vietnam, pero sí contribuyó a romper con la inocencia de los ciudadanos», sostiene José Luis Hernández Garvi, autor de «Magnicidio» (Ediciones Luciérnaga), una crónica sobre los asesinatos de presidentes que conmocionaron a EE.UU., y del reciente libro «La desaparición de Agatha Christie y Otras historias sobre escritores Misteriosos» (Almuzara, 2020).

Lo que sí suelen conseguir este tipo de asesinatos es mitificar a las víctimas. «Prim no era tan progresista como lo podemos entender hoy y algunas de sus decisiones en el campo político y militar se pueden considerar hasta reaccionarias. El mito del héroe asesinado ha llegado a nublar nuestro juicio sobre un personaje cuya mejor definición es la de alguien incómodo, alguien que no se somete en ningún momento a determinados grupos políticos y económicos», expone el escritor y divulgador histórico Hernández Garvi.

Daniel Aquillué también cuestiona la solidez de Prim como símbolo progresista y advierte sobre el uso político que ha hecho de su figura tanto la izquierda como la derecha a su conveniencia. «En España nos gusta mucho hablar de ocasiones perdidas en la historia, porque tanto a unos como a otros les hubiera gustado que las cosas fueran diferentes, pero la historia es la que es. Por eso a algunos les ha fascinado Prim y lo que pudo representar», concluye.

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