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Interesante y curioso

El fundamentalismo de Sánchez heredado de Zapatero para arrinconar a Casado

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Antonio Martín Beaumont

El líder del PSOE ha sustituido la centralidad por el fundamentalismo. No es pasajero ni pasional: responde a una estrategia perfectamente diseñada con origen en Zapatero.

Se han vivido circunstancias extraordinarias en los últimos meses que han llevado a un momento cargado de incertidumbres. Tras la crisis sanitaria, con las trompetas de la ruina económica ya tronando, el presidente del Gobierno pretendió salir del paso con una gran foto de unidad. En el fondo, la idea era “mutualizar” los errores de su gestión.

Sin embargo, el objetivo de emular aquellos míticos Pactos de La Moncloa de la Transición se ha quedado, de momento, en la portavoz del PSOE, Adriana Lastra, voceando en la Cámara Baja que el PP es “un aliado de la crisis”.

Cuando todo parecía predispuesto para que la Comisión de Reconstrucción del Congreso -que no sé si ese formato es una buena idea para reconstruir algo— terminase en un abrazo entre partidos, llegó la sonora ruptura.

Cuesta trabajo pensar que el presidente desea realmente acuerdos amplios cuando, con la que está cayendo en España, lleva más de dos meses sin tan siquiera hablar por teléfono con el líder del segundo partido en número de diputados. Surrealista.

Pedro Sánchez y Pablo Casado no se entienden. De eso no cabe duda. La docena de periodistas que tuvieron la oportunidad de compartir recientemente una charla informal con el inquilino de La Moncloa, en pleno vuelo de camino a la cumbre del Sahel en Mauritania, coincidieron en percibir en él poca predisposición a facilitar la relación con el líder popular.

Desde Zapatero

Tampoco concordaba con Mariano Rajoy. Tan es así que le hizo una moción de censura y la sacó adelante apoyado en formaciones cuyo único nexo es el odio al centro derecha. “Pacto Frankenstein” que sigue vigente básicamente, pese a los tiras y aflojas partidistas de sus componentes.

Así que la incomunicación, más que como algo personal, debe entenderse como un asunto estratégico que trasciende incluso al mismo Sánchez. Recuerden el Pacto del Tinell para aislar a la derecha sellado en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero.

Hace años que el socialismo configuró sus bases ideológicas mirando hacia su sector más izquierdista. Nada que ver con lo que ocurría en tiempos de Felipe González, con sus políticas “mayoritarias” de postulados socialdemócratas.

Ahora, además, las necesidades de la aritmética parlamentaria convierten esa continua “vista a la izquierda” en imprescindible, al haber elegido Sánchez formalizar una coalición gubernamental minoritaria con la facción de Pablo Iglesias y Unidas Podemos, y necesitar por ello el apoyo de los grupos nacionalistas de ultra izquierda, llámense ERC o Bildu.

Curioso, desde luego, porque PSOE y PP son sobre todo partidos que, si buscan la centralidad, sólo tienen que ganar. Son formaciones de Gobierno. Por ello siempre deberían tener un discurso capaz de ampliar sus bases ideológicas y desarrollar argumentos que logren hacer cómplices a buena parte de los ciudadanos.

¿Se acuerdan de aquello de gobernar “para amplias mayorías”? Por desgracia, hace tiempo dejó de ocurrir. Es más, han renunciado siquiera a intentarlo. Por lo único que luchan es por elaborar un “relato” que deje al adversario como culpable del desencuentro.

Tanto socialistas como populares elaboran sus definiciones para enardecer a sus parroquias afiliadas y aislar al adversario, convertido en “enemigo”. El frentismo es la especie común del paisaje político actual. España se ha llenado de bandos.

Por parte del Gobierno, se emplea incluso cotidianamente como estrategia para unir a las numerosas fuerzas que le sostienen en el Parlamento. Ya casi no existen temas transversales. Cualquier asunto es susceptible de incendio. Cosa que no es natural, puesto que las propias relaciones humanas y la vida real lo refutan. La política no debería alejarse tanto de lo que la gente hace comúnmente en sus entornos familiares o profesionales.

Podemos y Vox, por un lado y por otro, con sus alegatos tajantes, sirven de pretexto a Pedro Sánchez y Pablo Casado para afirmarse como “moderados” por el simple hecho de vociferar menos que los de Pablo Iglesias y Santiago Abascal.

Lo que en realidad, además de ser una media verdad, es quedarse meramente con la cáscara de la fruta. Porque la centralidad es otra cosa. No solo es una cuestión de modos. Consiste en no excluir. En apartarse del sectarismo, tan propio de los extremos. En ser consciente de que se hace política para colectivos diversos que tienen derecho a no ser insultados ni apartados.

Fijémonos en lo ocurrido estos días, excluyendo a uno de cada cinco niños españoles de la enseñanza concertada de recibir ayudas por los efectos de la pandemia meramente por razones ideológicas.

El fundamentalismo

La moderación, claro, es el tono. Las formas. Pero, principalmente, es la preocupación firme de los líderes por seleccionar los asuntos que importan de verdad, incorporando soluciones y mensajes capaces de concitar a la mayor cantidad de españoles posible, sin crear problemas impostados, tan al uso ahora, para dividir a la sociedad.

No es posible que el “zasca” se imponga al razonamiento. Que se considere cierto sólo aquello que va en línea con la forma de pensar de quien lo escucha. No pueden los grandes partidos españoles fijar sus políticas según unas redes sociales que imponen permanentemente la agitación y el fundamentalismo. Estamos recorriendo un camino que no tiene salida en democracia.

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