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Interesante y curioso

El impúdico juego de un Gobierno fracasado con el confinamiento domiciliario

ESdiario

Con el país hundido y asustado, Sánchez sigue concentrado casi en exclusiva en tapar su fracaso histórico y la huella de sus negligencias, con una actitud inadmisible.

El Gobierno lleva días jugando con la imposición un nuevo confinamiento domiciliario similar al que estuvo vigente durante tres meses desde, sin el éxito que cabría esperar de un esfuerzo tan enorme de la sociedad española, a un coste sanitario y económico sin precedentes en décadas.

Las prisas que exhibió Moncloa para aprobar un estado de alarma eterno, que dota a Sánchez de poderes casi absolutos y rebaja los controles parlamentarios y judiciales como nunca durante seis meses; no han ido acompañados de la asunción de la responsabilidad inherente a ese mando hegemónico ni de la diligencia en la adopción de medidas.

Al contrario, el Gobierno ha delegado toda la responsabilidad de la gestión en las Comunidades Autónomas, lo cual contradice de entrada el más elemental sentido común, pero también la letra y el espíritu de la Ley General de Salud Pública, muy precisa a la hora de definir las jerarquías en tiempos de pandemias que superan el ámbito regional y proceden de alertas internacionales: en la cúspide aparece la Administración Central, que ha de coordinarse con sus homologas autonómicas pero siempre bajo su batuta.

Si ayer los confinamientos parecían inviables por un lamentable olvido u error, al no contemplarse en el decreto de estado de alarma aprobado el 25 de octubre; hoy parece una decisión premeditada con una intención política lamentable: lograr que, si se acaba imponiendo, parezca más la consecuencia de una petición de las Comunidades y de la propia sociedad que un efecto de la lamentable gestión global de la emergencia desde el pasado invierno.

Con y sin confinamiento el Gobierno ha fracasado con estrépito desde marzo y suya es toda la responsabilidad del desastre

Solo así se explica el penoso espectáculo que padecemos, con líderes regionales reclamando casi desesperante el arresto domiciliario de sus vecinos y un Gobierno que ni lo niega ni lo confirma permitiendo, a la vez, que parezca inevitable y ajeno a su responsabilidad durante estos meses.

El fracaso de Sánchez es palmario desde marzo: llegó tarde entonces, provocando las peores cifras de contagios y muertos del mundo. Se equivocó o falseó la realidad vendiendo en verano una victoria inexistente frente al virus. Y ha presentado la continuidad de todos esos despropósitos como una supuesta segunda ola imprevisible y ajena a él que, en realidad, sigue siendo la misma desde siempre recrudecida por sus errores.

Confinar por completo de nuevo a un país ya hundido y al borde de la quiebra no es algo que se pueda hacer sin más. Exige dar muchas explicaciones de por qué vuelve a hacer falta, cuáles han sido los errores cometidos y qué alternativas existen para hacer compatibles la imprescindible protección de la salud con la necesaria viabilidad económica del país.

Que con ese paisaje, casi apocalíptico, el Gobierno esté más pendiente de acallar las protestas, esconder los desperfectos, borrar la huella de sus negligencias y orillar su responsabilidad; define al presidente y coloca a España en una situación inaceptable: nadie ha tenido nunca tanto poder como Sánchez. Y nadie lo ha utilizado en protegerse a sí mismo por encima de todo y de todos.

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