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Interesante y curioso

El Rey sale del letargo para contestar a la campaña de acoso de Moncloa

Antonio R. Naranjo

Felipe VI se ha convertido en un estorbo para los planes del Gobierno. La cadena de hechos vividos contra él en los últimos días no es casual. Pero, a su manera, ya no se calla.

Felipe VI estuvo hace dos viernes en Barcelona, acompañado por Pedro Sánchez, en un acto menor en Barcelona que suponía el levantamiento del “castigo” impuesto por Moncloa con un ostentoso veto a su presencia en un acto con los jueces. Aquel acto agravó la sensación de que Zarzuela estaba intervenida como nunca, con un Jefe de Estado necesitado de permiso hasta para hacer una llamada de cortesía al anfitrión al que dejó literalmente tirado.

Una semana después, los Premios Princesa de Asturias visualizaron una imagen opuesta: sin la tutela de Sánchez, de viaje en Bruselas, el Rey brilló con un mensaje contundente hacia la clase política y crítico, a su manera, con el intento de asalto del Gobierno al CGPJ.

Todo hay que leerlo entre líneas, pero su exigencia de colaboración y de respeto a las instituciones fueron una réplica a Moncloa en toda regla y una manera de intentar colocar al ciudadano en el centro de todo y no en el extrarradio de una mera lucha por el poder.

Don Felipe regañó a los políticos y exigió respeto a las instituciones. Se refería a la Corona, pero también al CGPJ

Es el último capítulo de una tormenta con la Corona que dista mucho de haber amainado aunque la tregua, de momento, parezca haberse impuesto: ni Felipe VI puede “mojarse” más en público sin romper el equilibrio institucional; ni Sánchez e Iglesias pueden seguir acosándole y tratándole de un representante más “de la derecha” sin provocar una reacción general más airada.

¿Pero cuánto durará esa calma tensa? Todo indica que será efímera. Y para entenderlo hay que remontarse a las últimas tres semanas. Ya entonces, el protagonista de la penúltima sesión de control al Gobierno fue el Rey, involuntario actor principal desde entonces de una crónica política casi negra. De él hablaron unos para mal. Otros para bien. Y alguno calló, como Pedro Sánchez.

El presidente que tardó días en levantar el “castigo” al Jefe de Estado, hasta irse con él a Barcelona a un acto de relativa enjundia; sí tuvo tiempo entonces para salir raudo en defensa de Largo Caballero coincidiendo con los ataques desproporcionados al Rey de Podemos, con un mensaje en las redes sociales repetido del que dijo el PSOE al conocer que Madrid retiraría de las calles los homenajes en su honor y en el de Indalecio Prieto: “Un asalto a la dignidad y a la memoria democrática, a través de mentiras, que debe ser rectificado”.

Es decir, Sánchez sí creyó imprescindible ensalzar a dos controvertidos personajes claves en el drama de la Guerra Civil, tan responsables de ella como otros del bando opuesto, elevados a mito tantos años después por quienes no hicieron la Transición y edifican la revancha, a estas alturas, reconstruyendo una memoria adaptable a sus deseos de vendetta.

Un territorio mitológico que presenta a la República como una especie de Arcadia sin precedente y a algunos de los personajes que contribuyeron a cargársela, como los propios Prieto y Caballero, como una especie de titánicos caballeros de las mesa redonda que lucharon por la democracia frente a las hordas fascistas.

Cualquiera que lea los artículos de Manuel Azaña en el exilio francés, donde descansan sus restos con la exigencia de que nadie los utilice con un morboso traslado óseo, podrá concluir que el régimen que nació por la fuerza populista murió, tanto o más que por el alzamiento militar, por la pinza que le hizo la misma izquierda montaraz y el mismo separatismo bulímico que ahora tienen a España, o a Sánchez, trincado por la parte más íntima de la zona inguinal masculina.

Ese revisionismo creativo, por cierto, no solo es incompatible con los hechos, sino que además es escasamente acorde con un espíritu de reconciliación que, gestionado de otra manera, claro que incluye la restitución de las víctimas, la espeleología de las cunetas y el cierre total de cualquier herida pendiente.

Quienes más utilizan ese dolor con su antifranquismo sobrevenido, primo hermano del despliegue de caretos del Ché Guevara en camisetas de partisanos de salón y de guerrilleros de play station, más honda excavan la fosa común y más malversan el legítimo deseo de restitución que toda víctima merece en un país decente: las de Franco, desde luego, que además llevan un retraso de 40 años en recibirlo. Pero también las de Paracuellos o las más recientes de ETA: quien solo está con unas víctimas, en realidad se aprovecha de ellas.

Volviendo al hilo, el artificial revival republicano que Sánchez se permitió reivindicando a dos figuras tan polémicas, le quitó tiempo para defender al actual Jefe del Estado, al que solo se refirió aquel miércoles en el Congreso para soltarle una advertencia camuflada de desprecio al PP: “No defiendan tanto a la Monarquía que miren lo que pasa cuando defienden la unidad de España en Cataluña”, vino a decir con la mezcla de frivolidad y chulería que caracteriza al personaje.

El Rey es un estorbo. No porque haga nada. Sino precisamente porque no se le puede acusar de excavar trincheras y de fomentar los bandos. Y ellos necesitan que esté en uno para culminar su proyecto

No solo prescindió Sánchez de contener los ataques que el Rey lleva recibiendo semanas, con graves acusaciones de los ministros Castells y Garzón y del vicepresidente Iglesias. Sino que además consintió que se repitieran en el emblemático Congreso que le vio tomar posesión tras la abdicación de su padre, primera víctima del populismo en España… y de sus propios errores.

Allí, donde se materializa la soberanía popular expresada en un deseo de convivencia entre desiguales regulado por la Constitución, solo Pablo Casado salió en defensa cuando Gabriel Rufián tildó al Rey de “diputado 53 de VOX” y le presentó como un clon de Franco. Algo que el portavoz de ERC repitió este fin de semana, “celebrando” el tercer aniversario del gran momento del Monarca,  aquel discurso del 3-O decisivo para frenar la escalada separatista.

Y su silencio fue especialmente espeso ante el propio Pablo Iglesias, que lanzó el mensaje clave del momento para entender la ola antimonárquica, mitigada ahora por una falsa tregua barcelonesa, que añade presión a una España desolada por el virus, hundida por la crisis y descosida por el conflicto territorial: ocurrió cuando el líder de Podemos acusó también a la derecha de apropiarse de su figura, simplemente por defenderla de sus ataques.

Éste es el quid del asunto, y la similitud de discursos, con distintas palabras, de Sánchez e Iglesias, eleva las alarmas al máximo: la operación consiste en incluir también al Rey en la misma estantería que al PP, a Cs o a VOX. Es decir, en la ultraderecha. Un juego peligroso, muy peligroso, e injusto, muy injusto.

Ni el actual Monarca ni el anterior, con todos sus errores personales en el último caso, han hecho otra cosa que trabajar por la concordia, desde la neutralidad política, encarnando siempre una España con hueco para todas las ideologías, credos y opiniones y con capacidad de proyectarse dignamente al exterior.

Pero ahora vienen bien los bandos, el gran empeño de la “factoría Redondo” para convertir la política en un epidérmico Madrid-Barça donde sea más sencillo estabular y movilizar a la hinchada propia. Y para consolidar la trinchera propia, que es una suerte de Frente Popular de un PSOE irreconocible, un Podemos muy reconocible y una ristra de partidos independentistas que solo piensan en España para cargársela.

Un Rey solo de “fachas”

Oponerse a eso sería lo normal en cualquier país europeo. También en España hasta hace nada. Para enterrar esa normalidad y que de repente el Rey parezca cosa de “fachas”; la idea de este Gobierno es adecentar lo indecente de sus pactos haciendo una caricatura de todo lo demás que justifique sus alianzas y las haga inevitables por la ausencia de alternativa.

El Rey contestó en Asturias, a su manera, a todos los desprecios del último mes y a todos los excesos del Gobierno

Y el Rey es un estorbo. No porque haga nada. Sino precisamente porque no se le puede acusar de excavar trincheras y de fomentar los bandos. Y ellos necesitan que esté en uno para culminar su proyecto.

Recuerden el reciente “No van a volver a sentarse en el Consejo de Ministros” que el antisistema de Galapagar le espetó al PP desde la nada inocente tribuna del Parlamento donde un día la Pasionaria le dijo algo similar a Calvo Sotelo, según testigos presenciales que enmiendan la falta de prueba documental de aquella bravata.

Si se quiere entender por qué Sánchez no defiende al Rey, por mucho empeño subterráneo que Moncloa ponga en sostener que no es lo que parece, la respuesta es sencilla: el presidente es el primer interesado en que en España solo se pueda estar con él o contra él.

Y ni don Felipe se libra ya: la visita a Barcelona, tutelada y decidida por el propio Sánchez, más que un desagravio es otro gesto de poder de Moncloa para que todo el mundo entienda quién maneja la agenda real y para qué eventos decorativos, exclusivamente, sirve el Monarca.

Y su respuesta en Asturias, un indicio de que el Monarca no asistirá a su propia hoguera, si la prenden definitivamente, con un esparadrapo en la boca. La Corona es para el Gobierno lo mismo que el CGPJ: o una herramienta al servicio… o un enemigo.

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