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Por qué los nazis tomaban el café descafeinado

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En su lucha por la pureza racial, el Tercer Reich apostó por demonizar el tabaco, el alcohol y la cafeína mientras potenciaban el invento del cafetero alemán Ludwig Roselius

En su obsesión por destruirlo todo los nazis acabaron renunciando hasta a los principios del café. Si su acróstico indica que debe ser caliente, amargo, fuerte y escaso, los líderes del Tercer Reich apostaron por el café descafeinado como un producto nacional cuyo consumo iba más allá de una preocupación por la salud para preservar la pureza de la raza aria.

Tras los horrores de la Gran Guerra de 1914, se pusieron de moda determinados valores naturistas en la República de Weimar, que incluían la ingesta de comida orgánica, la renuncia a alimentos con estimulantes como el azúcar, beber menos alcohol, medirse con el tabaco e incluso abrazar el vegetarianismo. La cafeína como estimulante estaba mal vista por esas élites académicas que propugnaban la llegada de hombres y mujeres nuevos. El nacionalsocialismo, que nacía y crecía en aquella época, se impregnó de aquellos valores, según revela la publicación Atlas Obscura, dedicada a la restauración.

Muchos líderes nazis, incluido el propio Hitler, eran vegetarianos. Con el café sucedió algo parecido. El café debía ser descafeinado por una cuestión de ética nutricional, pero también por una razón patriótica: el café descafeinado es un descubrimiento alemán. En 1905, en la ciudad de Bremen, el empresario Ludwig Roselius recibió una partida de granos de café recién importados que se habían mojado de agua de mar por accidente. Cuando fue a probarlos se dio cuenta que no sólo mantenían el sabor casi inmutable del café, sino que habían perdido en paralelo su carga de cafeína.

No tardó en industrializar el proceso y en comercializar el Sanka (siglas de Sans Kafeine) como línea dentro de su marca de café HAG. Fue todo un éxito. Su tentáculo en EEUU fue adquirido por la empresa americana Kellogg en 1928. En Francia reventó el mercado. Un conocido anuncio de la época vendía el café como “el mejor protector del corazón y los nervios” y la imagen de una mujer pelirroja sujetando su taza de HAG.

El problema es que, por no excitar a los alemanes, los nazis los fueron envenenando poco a poco

Unos años antes, en 1922, Ludwig Roselius había conocido personalmente a Adolf Hitler, que le causó una grata impresión. Roselius abrazó el credo nacionalsocialista pero nunca dejó de ser un vendedor, hasta el punto que su café descafeinado lo vendía como alimento kosher (apto para el consumo de los judíos según sus propias normas). En las normas de las Juventudes Hitlerianas, la cafeína se consideró un veneno a prohibir, así que el estado alemán comenzó a comprar toneladas de café HAG no sólo para abastecer a las escuelas de la élite nazi, sino para servir en las grandes paradas militares de Nuremberg ante 42.000 nuevos reclutas en 1936. La colaboración entre el cafetero Roselius y Hitler estaba sellada. El problema es que, por no excitar a los alemanes, los nazis los fueron envenenando poco a poco. El uso de benceno en el proceso que patentó Roselius (que no tiene nada que ver con el que se usa hoy) llenó el cuerpo de los soldados alemanes de pequeñas dosis de ese veneno.

Además, cuando comenzó la guerra y el esfuerzo bélico requirió de una movilización continua de los soldados en el frente, a veces de tres o cuatro días seguidos sin dormir, los alemanes no pudieron recurrir a tomar tazas de café, porque el que tenía el ejército era Coffein-Freier, o sea, descafeinado. Por eso se instituyó el consumo de Scho-Ka-Kola, una tableta circular de chocolate creada en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 por Theodor Hildebrand con alto contenido en cafeína, que dejó de estar verboten (prohibida) para entrar de lleno en la dieta del landser alemán que tomaba Polonia, Bélgica, Francia o Grecia a toda velocidad.

La Scho-Ka-Kola se distribuyó primero a los pilotos de las misiones nocturnas para que no se durmieran a los mandos del avión, y luego fue pasando a otros estamentos del ejército, como la tripulaciones de tanques o de submarinos, además de las tropas SS encargadas de asesinar judíos en la invasión de la Unión Soviética, que se combinaban con enormes cantidades de alcohol para resistir esa actividad criminal sin hacerse demasiadas preguntas.

Además de las chocolatinas de cafeína, bebían enormes cantidades de alcohol

Las tropas aliadas solían quitárselas a los alemanes que caían prisioneros porque las consideraban un lujo. Cuatro porciones de este chocolate equivalen a una lata de bebida energética actual. El Scho-Ka-Kola aún se vende, aunque de su característica lata haya desaparecido la esvástica de la versión de la Alemania nazi.

No era el único estimulante que trataba de contrarrestar los nulos efectos del café sobre el sueño de las tropas del frente. El documental Secretos de la Muerte: drogas de la Guerra Mundial, reveló que el ejército alemán distribuía una metanfetamina llamada Pervitin, que se comercializaba como un “estimulante recreativo” durante los años 30.

Tras la guerra, el sistema para descafeinar el café cambió, prescindió de la química y el benceno y se hizo más natural. La multinacional General Foods adquirió la marca fundada por Roselius en 1979. Hoy este café sigue a la venta.

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