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Literatura

Alberto Olmos: «En los “best seller” hay más profesionalidad que en los libros literarios»

El escritor publica «Irene y el aire», una novela autobiográfica en la que narra el comienzo de su paternidad, que es también el abandono definitivo de la juventud

Alberto Olmos (Segovia, 1975) es padre y escritor, en ese orden. Ahora ya todo va así, en realidad: primero los críos, luego el resto. Atrás quedaron las fiestas, los saraos literarios, la droga del ego, el centro de Madrid. Todo eso es adolescencia, insiste Olmos, recuerdos del mundo de ayer, pero sin nostalgia. Ser padre es una revolución íntima; una liberación, pero del revés: de pronto no importa el cuerpo propio, sino el del vástago, y ya solo da miedo su seguridad, su respiración. El resto son pijadas. «Irene y el aire» (Seix Barral), su nueva novela, habla del comienzo de la vida sin caprichos que ahora habita. Del embarazo de Eugenia, de su tripa redonda anunciando por ahí la buena nueva, de los días de Ikea, de la gestación, de las mil y una formas que hay de parir. Y de que te toque una complicada. Del terror. Asoma aquí un Olmos delicado, lírico, emotivo, y solo a veces se intuye, veladamente, al columnista de «El Confidencial» que señala con gracia y pereza las bobadas del presente.

—Empieza la novela con su última fiesta, que de alguna manera simboliza el fin de una etapa: es la despedida de la juventud.

—A veces el libro empieza un poco después de lo que tú crees. Yo tenía un arranque un poquito más elevado y luego una especie de segunda parte que empezaba así: «Una semana antes fuimos a una fiesta». Y me di cuenta de que esa sencillez, esa in media res, funcionaba mejor. Pero ni siquiera puedo vender que lo pensé, que empecé por la fiesta porque… No, no. Creo que los libros funcionan por su propia naturaleza.

—De todas formas, hay mucho de mirada ácida de la gente que no envejece, que no quiere envejecer. De todo lo que hay antes de la paternidad.

—La gente me dice que se ha reído con el libro, pero yo creo que soy gracioso en mis columnas. Este libro tiene su tonito bienhumorado, pero me he contenido bastante de acidez. En el libro no se dice así, pero yo, en el día a día, desde que soy padre… Todo lo que no es paternidad me parece adolescencia. Cuando veo a un señor de cuarenta o cincuenta años haciendo cosas juveniles no me parece mal, pero tengo esa sensación de qué lejos me queda esto. Es otro nivel. Lo comento mucho con mi novia cuando se habla de relaciones sexuales, que la gente está muy preocupada con eso… Las fiestas, los festivales, las drogas… Lo noto como en otro plano de realidad. Es decir, que nos da ternura. Nosotros, los padres, nos levantamos para que unas criaturas no se mueran. Es una cosa tan potente que esas preocupaciones que ves en los periódicos te parecen simpáticas.

—De hecho, no hay nada de nostalgia en el libro por esa vida pasada, por esa adolescencia alargada.

—No he tenido tiempo de echar de menos, aunque tampoco yo fui el más fiestero del mundo ni el más enrollado. A mí la paternidad me sacó de la droga del ego, porque como autor uno siempre está… Lo decía Umbral: la droga del éxito. Publicas algo, escribes en algún sitio, quieres que la gente reaccione y te buscas a ti mismo en Google. Eso yo hace un montón de tiempo que no lo hago. No me interesa nada. Ya no soy el más importante que hay por aquí.

—¿La paternidad también le ha quitado de la farándula literaria?

—Muchísimo. Totalmente. No voy a nada. Me invitan y digo que no casi siempre. ¿Para qué? Me gustaría escribir un libro entero sobre el mundo literario. Es una especie de mundo político en paralelo o en pequeñito o en laboratorio. Todo lo que es deleznable en el mundo editorial es la política. Te juntas en una fiesta con todos estos personajes que escriben libros, los comentas, eso no tiene nada de malo. Lo malo es la política, la sensación de que hay un montón de gente con un montón de intereses. Eso es agotador. Y la sensación de traiciones. Nunca sabes si algo tiene alguna realidad. Si te dicen que tu libro es bueno luego resulta que es porque tienen un libro ellos después.

—¿Todas las relaciones son de intereses?

—Todo, todo, todo. Esta típica escena de las fiestas en la que todo el mundo está mirando a todos los lados a ver si encuentra algo mayor que tú, algo más poderoso. Ahí está el redactor, ahí está el jefe, ahí está el director, ahí está Pérez-Reverte, ahí está Aramburu. Y la gente deja con la palabra en la boca a los demás para irse a por ellos.

—¿Se vive mejor fuera de todo eso?

—Yo sí, yo estoy encantado. Tampoco me aportaba nada. Los dimes y diretes siempre son los mismos: si este vende, si este no vende, si este se ha acostado con no sé quién… No me aporta absolutamente nada.

«A mí la paternidad me sacó de la droga del ego. Ya no soy el más importante que hay por aquí»

—Usted ha escrito la crítica de su propio libro, o algo así. ¿Cree que aún tiene sentido la crítica literaria?

—No sé… Ha perdido muchísima influencia para bien, por un lado, desde la llegada de las redes sociales y de los blogs. Cualquiera puede opinar en cualquier sitio. Eso está bien, porque antes había cuatro o cinco lugares donde expresar opinión acreditada sobre libros. En cuanto te nombran crítico en «Babelia» tienes un poder que no te lo has ganado tú. Yo cuando empecé a hacer reseñas literarias en mi blog el prestigio me lo ganaba reseña a reseña. Y la crítica literaria, según la veo y la practico… Yo lo que trato es hacer un texto que tenga valor por sí mismo. Ya está. Que sea gracioso. A veces en el 90% del texto no hablo del libro del que se supone que voy a hablar. Pero lo que es una reseña como dios manda (el libro trata de esto, está escrito de esta forma) no le interesa a nadie más que al autor, a sus enemigos y a sus editores. Y ya está.

—¿Entonces?

—Yo considero un hito mayúsculo en mi carrera literaria haber sido alabado por Kiko Matamoros. No solo tuiteó mi anterior libro [«Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad»]: lo comentó en «Sálvame» tres segundos. Eso es un hito. Esa es la valoración que hago de la crítica literaria. Y lo que me gusta de esto, además de lo bizarro de salir en «Sálvame», es que Kiko Matamoros ha hecho lo que hay que hacer: no sé por qué he conocido este libro y me da igual quién es el autor, pero lo recomiendo. Eso ya es imposible. Eso es la esencia de la crítica literaria y no se hace nunca. Aquel que no me conozca en persona y tenga asegurada mi reciprocidad es muy difícil que me alabe. Por eso Kiko Matamoros es el puto amo. Está sacando libros que le gustan. Ya está. Punto.

—¿Por qué no interesa la crítica al uso, el análisis de la técnica?

—El rollo este del arte, para empezar, no tiene ninguna técnica. Pero cuando eres un chico de pueblo como en mi caso, completamente alejado de esto, pues crees que hay mucha técnica. La gente en los talleres literarios a hablar en términos que ningún escritor habla. Como el narrador omnisciente, no sé qué… A ningún escritor le importa nada hablar como si supiera de su oficio como lo haría un ingeniero. Se habla muy a la pata la llana. No tiene más.

—¿No existe la técnica?

—Siguen siendo mejores los libros de Cervantes y los dramas de Shakespeare y no sabían nada de nada. Lo decía Javier Marías hace muchos años: sabemos más de literatura que Cervantes, pero ponte tú a escribir El Quijote. Todos sabemos esta técnica, esta otra técnica, tenemos una taxonomía exacta de todo lo que hay en un texto. Eso no sirve para nada. Para escribir lo único que sirve es talento y ponerse.

—Y la intuición.

—Total, total. Yo creo que en los «best seller», irónicamente, hay más profesionalidad que en los libros literarios. En los «best seller» sí que hay autores que tienen en cuenta cómo se cuenta una historia desde un punto de vista más bien cinematográfico, o al menos el planteamiento-nudo-desenlace. No tienen estos caprichos que tenemos los autores literarios de ahora me dejo llevar, ahora esto lo pongo porque me apetece, este libro tiene una parte que es un diario porque me da la gana… A la hora de la corrección, a los autores de «best seller» sí que le corrigen en la editorial los libros. Se los mejoran. Pero un autor literario, aunque sea un mindundi, no se deja tocar ni una coma. Yo he notado eso. Aunque parezca lo contrario, porque el «best seller» es más producto, ese producto es más profesional que el libro literario. De hecho, los narradores que a mí incluso me gustan yo no creo que sepan realmente narrar una historia. Cuando luego hacen una película te das cuenta de que el que hace la película sí que ordenó con un sentido dramático los hechos del libro. Pero el escritor se deja llevar por la fuerza del lenguaje, por las intuiciones.

«Lo decía Javier Marías hace muchos años: sabemos más de literatura que Cervantes, pero ponte tú a escribir El Quijote»

—Por cierto: ¿le haría ilusión ver su novela en las estanterías de maternidad?

—Sí, sí, yo estoy a otro nivel. A mí si este libro se vende por millones porque la gente se cree que es una guía para el embarazo pues de puta madre.

—Le cito: «Nadie escribía novelas sobre niños felices». ¿Tan difícil es escapar de la tragedia?

—Mi libro es un libro feliz por una vez. Pero uno escribe libros sobre dramas, sobre conflictos, porque es con lo que empatiza. Se sabe en el cine perfectamente: el modo en el que uno se identifica con el personaje es porque le pasa algo malo, normalmente. Escribir cosas felices es complicado. Tiene un punto de exhibicionismo.

—La felicidad no da tanto juego, y menos en clave autobiográfica.

—Esta competición autoficcional-autobiografía es una competición a ver quién es el más desgraciado. Como estamos perdiendo el norte un poco en todo, como en los Oscar, que van a premiar si una película se parece a un anuncio de Benetton, entonces ya no hay calidad. Yo te traigo niño muerto, yo te traigo mi padre muerto, yo te traigo que soy una persona marginada por no sé qué… Parece que eso es lo que hay que valorar: quién está más adelante en el sufrir. Cuando de toda la vida de dios la literatura se caracteriza porque hay gente que es capaz de hacer un gran libro sobre nada. Sin que le pase nada. O una buena canción que va de nada. Y en eso andamos.

—Es la guerra del estilo.

—Debería ser. Pero la guerra es la de la desgracia biográfica. Yo te cuento el cáncer de mis padres, yo te cuento que toda mi familia murió en Auschwitz, yo te cuento… Y a partir de ahí parece que no se puede juzgar. Y si una novela tiene buenas intenciones, como nos aporta enseñanzas morales positivas, pues no se puede decir que es mala. Puede ser malísimo el libro sobre un desahuciado.

«Esta competición autoficcional-autobiografía es una competición a ver quién es el más desgraciado. Parece que eso es lo que hay que valorar: quién está más adelante en el sufrir»

—Solo de buenas intenciones no se hacen buenos libros…

—Es una cosa básica que me da hasta pereza expresarla. Pero yo sé que hoy decir esto es una idea loca. Es lo que me fascina. Yo cuando era jovencillo y veía a los Javier Marías, Savater, Muñoz Molina o Marina en los debates… Recuerdo que decían cosas complejas, interesantes. Ahora nos vemos obligados a decir obviedades. Es alucinante que el lugar reservado a los intelectuales, que ya es poquito en estos momentos, sea para decir cosas de sentido común. No cosas geniales: mira lo que dice Propercio, mira lo que dice Confucio… No, no. Solamente para decir cosas como «bueno, cada uno puede tener su opinión y expresarla libremente y eso hace mejor a una sociedad».

—El manifiesto por la libertad de expresión y de pensamiento publicado en «Harper’s» generó un gran revuelo, y era una obviedad.

—Es exactamente eso. Es alucinante que haya que decir semejenate bobada, porque es una verdad como un piano. Y encima resulta que es una cosa intolerable… Yo vivo en un tiempo que cada vez me antipatiza más. No lo puedo soportar.

—¿Por qué?

—Las cosas que están en prensa, que protagonizan la primera línea del debate, luego al 90% de la gente no le importa lo más mínimo. El CIS es lo que es con Tezanos, pero yo me sigo fiando cuando le preguntan a la gente sus problemas. Y da igual las campañas que hagas contra el cambio climático, da igual lo que sobredimensiones el tema de género, etcétera. A la gente le preguntas en el CIS y lo que le preocupa es el dinero, el paro, el sueldo. Es increíble que todo el día con el cambio climático y le preguntas a la gente, a tres mil o cuatro mil personas que pregunta el CIS, y nadie dice que el mundo se va a acabar. Y así con todo. Todo es una representación, un relato, una ficción, y si no piensas como yo, fascista. Es aburridísimo.

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