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Literatura

El día que Conan Doyle se disfrazó de Sherlock Holmes para sacar a un falso culpable de la cárcel

David Morán

Un libro recupera el caso real de Oscar Slater, inmigrante judío alemán acusado de un atroz asesinato e injustamente encarcelado durante 18 años

Glasgow, 21 de diciembre de 1908. Marion Gilchrist, una anciana de 81 años de posición acomodada, yace en el suelo del comedor junto a la chimenea. Una alfombra de piel le cubre la cabeza en un intento por esconder la magnitud del estropicio. Porque a Gilchrist, que vive sola con su doncella en un gran piso en West Princes Street, le han aplastado casi todos los huesos de la cara y del cráneo.

La doncella, que había salido a buscar un periódico vespertino, encuentra el cuerpo sin vida de la anciana poco después de las siete de la tarde. Ha sido golpeada de modo tan salvaje «que las fotografías de la autopsia muestran una cara que no parece humana».

Gilchrist posee una colección de joyas valorada en 3.000 libras de la época, por lo que el robo parece el móvil más evidente. Sólo falta encontrar el culpable, algo que no llevará demasiado tiempo. ¿Elemental? Quizá no tanto.

«Fue uno de los crímenes más brutales y despiadados que se han recogido nunca en los negros anales en los que los criminólogos encuentran los materiales para su estudio», dejó dicho Arthur Conan Doyle, escritor de éxito, creador de uno de los personajes más célebres de la literatura universal y, para lo que nos interesa, «paladín de causas perdidas». Y con la década despuntando y la Inglaterra eduardiana arrastrando aún los viejos tics victorianos en lo que a justicia se refiere, no había causa más perdida que la de Oscar Slater, un judío alemán que había hecho del juego su forma y que dio con sus huesos en la prisión escocesa de Peterhead acusado del salvaje asesinato de Gilchrist.

Un culpable «aceptable»

Slater, un tipo de vida más bien disoluta que viajaba con pseudónimo junto a su amante para evitar ser localizado por su esposa y tenía en su poder el recibo de empeño de un broche de diamantes, era «un culpable aceptable»; alguien por quien nadie iba a mover un solo dedo. Nadie salvo, claro, Conan Doyle, distinguido caballero de la Orden del Imperio que veía todo aquello como «una mancha» en el carácter británico. Una suerte de caso Dreyfus a la escocesa en el que el padre de Sherlock Holmes jugó un papel capital y que la periodista neoyorquina Margalit Fox reconstruye ahora en «Arthur Conan Doyle, investigador privado» (Tusquets), crónica de los casi veinte años que hicieron falta para probar la inocencia de Slater y sacarlo de la cárcel.

Para entonces, mediada ya la década de los años veinte, Sherlock Holmes y el Doctor Watson llevaban tantos años de rodaje y habían perfeccionado hasta tal punto su método científico que a Conan Doyle sólo le hizo falta meterse en el pellejo de su detective privado, hurgar en frases dichas y escritas años atrás y resolver un caso plagado de irregularidades, endebles pruebas circunstanciales, prejuicios raciales e «intolerancia étnica», en palabras de Fox. Algo así como las intrigas detectivescas de «El misterio del valle Boscombe», «Estudio en escarlata», «El problema final» o «La aventura del vampiro de Sussex» sólo que aún más extraño que la ficción y con la vida un falso culpable pendiendo de un hilo. O, mejor dicho, de una soga.

«Holmes estaba tan dotado para este tipo de trabajo que las historias de Conan Doyle anticiparon el uso de métodos similares por parte de las fuerzas policiales reales», escribe Fox a propósito de un proceso lógico «conocido como inducción o, para ser más precisos,abducción». Así es cómo Holmes resolvía sus casos y establecía «una narración del delito» y así es también como Conan Doyle logró sacar a Slater de la cárcel tras 18 años de penosa e injusta condena.

Arthur & George

Como su detective, el escritor tampoco era nuevo en estas lides: años antes, recién estrenada la década y el siglo, Conan Doyle ya se empleó a conciencia para probar la inocencia de George Edalji, abogado de origen hindú e hijo del párroco de un pequeño pueblo Staffordshire condenado a siete años de trabajos forzados por maltrato animal. Entre otras cosas, a Edalji se le acusó de introducir mirlos muertos en los cubos de la leche, depositar conejos desollados en el jardín de la vicaría, matar y mutilar caballos…

Unos crímenes atroces que, sin embargó, no cometió, tal y como Conan Doyle demostró y explicó, punto por punto, en un largo artículo publicado en «The Daily Telegraph» en enero de 1907. Es más: el escritor no sólo aireó la inocencia de Edalji, sino que reordenó el caso para probar la culpabilidad del hijo del carnicero local. Un «escándalo nacional», como lo calificó el escritor británico, que Julian Barnes transformó en novela en 2005 bajo el título de»Arthur & George».

Poco después de salir airoso del caso Edalji, a finales de 1911, los abogados de Slater se pusieron en contacto con Conan Doyle para pedirle que apoyara la causa. «No existe ni un solo punto de conexión entre el crimen y el supuesto criminal», concluyó el escritor en su libro «El caso de Oscar Slater», publicado en 1912, tras estudiar detenidamente las pruebas y refutar el testimonio de las dos testigos que aseguraban haber visto al acusado Slater saliendo de la escena del crimen.

En el filo del cadalso

De poco le sirvió aquello a un Slater que, detenido en Nueva York extraditado a Escocia, habría de pasar casi dos décadas entre rejas hasta que finalmente,en 1927, quedó probada su inocencia y fue liberado. En 1908, sesenta minutos habían bastado para que el jurado deliberase y le condenase a la horca, pena conmutada tres semanas después por cadena perpetua.

«Lo que la policía no pudo presentar era lo más esencial, es decir, la más mínima conexión entre Slater y Miss Gilchrist, o una explicación de cómo un extranjero en Glasgow pudo llegar a conocer la existencia, sin mencionar la riqueza, de una anciana dama retirada», escribió Conan Doyle en un breve ensayo que no bastó por si solo para cambiar las cosas. De hecho, Slater tuvo que aguardar a que su compañero de celda William Gordon saliese de la cárcel en 1925 con un mensaje oculto que reactivó el caso, forzó una revisión del mismo y, esta vez sí, acabó con su libertad tras una apelación.

Conan Doyle cubrió el juicio para el «Sunday Pictorial» y estrechó por primera vez la mano de falso culpable, aunque su relación no tardaría en torcerse. El dinero, en este caso, pudo más que el honor y defensor y defendido acabaron cruzándose agrios mensajes en el «Daily Mail»a cuenta de las derivadas crematísticas del tema. ¿Y el verdadero culpable?, se preguntarán. Un misterio. Conan Doyle siempre sospechó de un sobrino de Miss Gilchrist, pero nunca pudo demostrarlo. Ni siquiera Holmes logró resolver ese enigma.

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