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Literatura

El lado más oscuro de los Indiana Jones nazis y su relación oculta con Franco

Eric Frattini publica «Los científicos de Hitler», una concienzuda investigación histórica sobre la «Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana»

El cuarto Evangelio, aquel que se atribuye a Juan, narró hasta la última coma del que fue el último tramo en la vida de Jesucristo. En sus escritos, el apóstol recorrió desde la intrincada decisión que se vio obligado a tomar Poncio Pilato, hasta la crucifixión del mesías en «un lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota». Pero a Heinrich Himmler, fetichista hasta el extremo con las ciencias ocultas, solo le interesaron unas pocas líneas de él. Aquellas en las que se especificaba que, tras expirar su último aliento vital, «uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y, al instante, salió sangre y agua».

El edecán de Adolf Hitler entendió que esa arma, la lanza de Longinos, atesoraba un poder tan oscuro como desmesurado. Por ello, ordenó a la Ahnenerbe que rastreara su paradero.

Esa es la «Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana» (más conocida como Ahnenerbe) que ha quedado en el imaginario colectivo. La organización nazi que sucumbió a los mitos esotéricos y persiguió supuestos objetos de poder como el Santo Grial —la última copa de la que bebió Jesucristo — o el Arca de la Alianza. O, también, el grupo que sufragó expediciones al Tibet para certificar, entre varias y extravagantes teorías, que la Tierra era hueca.

Sin embargo, tal y como recuerda el escritor e investigador Eric Frattini a ABC, hubo otra Ahnenerbe mucho menos paracientífica que nació a partir de 1936, después de que el propio Hitler cargara contra sus integrantes en un discurso tildándoles de «charlatanes». Una que ha quedado olvidada, a pesar de que sus tentáculos llegaron hasta España.

Frattini, autor de una infinidad de investigaciones históricas como «¿Murió Hitler en el búnker?», se zambulle ahora en ese lado más desconocido de la organización germana. Lo hace con «Los científicos de Hitler» (Espasa), una obra que se publicará el próximo 13 de enero y con la que, sin olvidarse de la versión más ocultista del grupo, demuestra que la Ahnenerbe alumbrada después de 1936 fue mucho más peligrosa que su antecesora.

Y es que, sus integrantes pasaron de ser una suerte de Indiana Jones nazis, a convertirse en el mascarón de proa de la Solución Final. «Sus objetivos cambiaron. Se dedicaron a convencer al pueblo alemán de la necesidad de acabar con los homosexuales; a terminar con la vida de casi 275.000 personas con malformaciones o enfermedades genéticas o a crear “granjas” de mujeres para oficiales de las SS», desvela a este diario.

«La mayor parte de los científicos de la Ahnenerbe acabaron en EE.UU. y la URSS»

Y eso, solo para empezar. A golpe de documentos del Bundesarchiv (el archivo oficial del gobierno alemán), Frattini quita el polvo a otros tantos actos de maldad perpetrados por la Ahnenerbe. «Ayudaban a determinar, para su posterior liquidación, quién entraba en los estándares de Untermenschen (subhumanos) frente a los Übermenschen (superhumanos) germánicos de raza aria. También fueron el apoyo oficial de la eugenesia y organizaron el secuestro de un cuarto de millón de niños para su posterior germanización», sentencia.

Aunque la triste realidad, según el investigador, es que la ciencia actual debe mucho a sus integrantes. «La mayor parte de los científicos del grupo acabaron en EE.UU. y la URSS. Un ejemplo es que en Norteamérica se estableció en 1972 en Premio Eppinger. Lo que se desconocía hasta 1984 era que Hans Eppinger había llevado a cabo terribles experimentos con gitanos».

También en España

Pero la organización no se extendió solo a través de la Europa más continental. Antes incluso del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el grupo entabló buenas relaciones con Francisco Franco. Un ejemplo es que Himmler, convencido de que los visigodos españoles eran descendientes directos de los pueblos germánicos que poblaron Alemania, quiso enviar una expedición de la Ahnenerbe hasta nuestro país para hallar el origen de la «raza aria pura».

«Pretendían llevar a cabo excavaciones en Canarias para estudiar los rituales y las prácticas religiosas de los nativos del archipiélago. Buscaban analizar las “creencias primitivas de los guanches arios”», añade el autor. Aunque algunas diferencias retrasaron el viaje, en 1939 dos antropólogos germanos arribaron hasta las islas: Eugen Fischer e Ilse Schwidetzky.

Investigaciones de pinturas rupestres, estudios sobre la expansión de los visigodos en la península… Frattini recorre, a través de las páginas de su nueva obra, los muchos intereses de la organización nazi en nuestro país. Todo ello, sin olvidar a los que fueron sus principales contactos con el gobierno: Julio Martínez Santa-Olalla (arqueólogo, seguidor del Tercer Reich, falangista de corazón y comisario general de Excavaciones a partir de 1939) y José Luis Arrese (ministro-secretario general de FET de las JONS y antisemita convencido).

El primero fue una de las personalidades que recibió a Himmler y le hizo de guía en su viaje a través de España allá por 1940. Una visita en la que el jerarca buscó el Santo Grial en Montserrat y visitó la necrópolis de Castiltierra (la misma de la que salió, poco después, un gran tesoro visigodo en dirección a Berlín).

Aunque menos conocida, la figura de Arrese es igual de llamativa. Frattini lo define casi como un forofo del nazismo. No en vano, logró que un grupo de exaltados atacara el SEPU, una cadena de grandes almacenes de España fundada en 1934 por dos empresarios suizos de origen judío, tras la Noche de los Cristales Rotos. A su vez, quiso idear una Ahnenerbe patria que dependiera de Falange.

«Creía que la ciencia en España debía estar más unida a los conceptos propagandísticos que a los conceptos católicos. El ministro de Educación José Ibáñez Martín no estaba de acuerdo con esa teoría e ideó su propia Ahnenerbe mientras advertía a Franco sobre no dar tanto poder a los falangistas. Finalmente, Franco optó por la idea de Ibáñez y el 24 de noviembre de 1939 se creó el CSIC, con una estructura muy parecida a la de la Ahnenerbe», desvela el autor español.

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