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Literatura

«La curación del mundo», el libro de poemas que salvó a Fernando Beltrán del Covid-19

Este poeta ha sabido plasmar la esperanza y el miedo de las víctimas de la pandemia. El autor enfermó en marzo de 2020 y tardó meses en recuperarse. Esta es su historia

A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras. Con esa confesión tan dura arranca el nuevo libro de Fernando Beltrán. Se titula «La curación del mundo» (Hiperión) y reúne poemas impresionantes que plasman todo el miedo y la esperanza de los enfermos aislados del Covid-19, un testimonio literario y humano desde el centro de la pandemia. «Hacemos poesía para que sea útil», dice Beltrán por lo bajinis mientras posa para el fotógrafo. Y nos cuenta cómo el libro nació a las puertas de aquella UCI, literalmente, mientras el poeta luchaba por salvar la vida. Se aferraba a las palabras, y con algunas de ellas buscaba un sentido a las manos enguantadas de la enfermera,

a las agujas, al pájaro que se posó en la ventana, al sonido del tren que atravesaba el paisaje de su angustia, que es también una ciudad confinada. Metáforas le nacieron del temor o fueron el salvavidas que le guiaba en su recuperación.

Recuerda noches en las que no quería rendirse, pero… Y una mañana especial, «después de una noche terrible en la que pensé que no iba a llegar a la mañana siguiente, sin conocer la gravedad que tenía. Y cuando llegó el alba, sin haber dormido, vi el primer gris de luz de la mañana en la ventana». Entonces se animó, simplemente supo que viviría, y dice que en medio de esa pequeña epifanía escribió mentalmente estas siete palabras: «Nunca/ la luz del día/ tanta luz». Dichas para sí al borde del abismo, tal vez con ellas nació el libro, que se alimenta de sus recuerdos durante la hospitalización.

Y para matar la soledad pasaba el tren. Mientras esperaba largas horas de angustia en el hospital, cercano al Puente de los Franceses de Madrid, pudo escucharlo cada cierto tiempo. Beltrán no puede evitar la emoción al pronunciar la frase: «La soledad tan terrible que ha sido esta enfermedad, el estar absolutamente solo, no tener una mano amiga o familiar, es… desolador. Y ese tren daba la vuelta y creé en mi cabeza la idea de que me estaba abrazando, que con el sonido que iba desde un lado al otro me llegaba el abrazo de mi mujer y mis hijas y yo les enviaba en él mi abrazo igualmente cada vez que pasaba. En tren y por ese puente, además, yo llegué de niño a Madrid. No es una exageración decir que las metáforas han tenido una parte muy importante en mi curación».

Versos y vida

Versos y vida. Por ejemplo: «El pulmón en su afán, la ola en su espuma, todo sigue», mientras luchaba; «Mi solo de trompeta, que no sé todavía si llegará al final, o morirá en mi pecho (…) tengo tapado el iPhone con las sábanas, tengo tapado el ay con el dolor», mientras nos cuenta cómo oía algo de música de Chet Baker para animarse…

Cuando Fernando Beltrán se sienta para la entrevista habla con una serenidad que estremece. Confiesa con ojos acuosos que todavía le cuesta sostener la mirada frente a lo que ha vivido -entre otras cosas el recuerdo de los cuatro personas que murieron a su lado en la UCI porque no pudieron superar la enfermedad-. ¿Y de dónde saca fuerzas? Le llegan cartas emocionantes, llenas de dolor y consuelo, que le envían lectores que vivieron lo mismo en hospitales y UCI y le agradecen lo que ha escrito en «La curación del mundo».

Metáforas en tromba

«A partir de aquella luz en la ventana las metáforas llegaron en tromba, inesperadas -relata-. Yo siempre he creído que la poesía es útil, por eso la escribimos, porque todos tenemos miedos parecidos, fríos parecidos, dudas. Y al mismo tiempo bufanditas del alma, ilusiones y esperanzas parecidas. Pero lo que nunca pensé es que las metáforas fueran un alma cargada de futuro». Encadena unas frases con otras, urgido por expresar esa vivencia de cómo halló la salida de aquella situación tan incierta.

«Justo después, en la misma ventana se posó un mirlo -continúa-, que era un mirlo muy feo, muy deshilachado, que la vida no le había tratado muy bien y lo vi en el alféizar y pensé que era metáfora negativa, de cómo la enfermedad se nos había llevado por delante, pero de pronto giró la cabeza y pude ver un pico naranja impoluto, precioso, vivo, como una flecha que señalaba hacia algún sitio. Yo me agarré a ese pico, a esa esperanza, a ese camino de color, de calor, de curación».

Poesía basada en hechos reales

La conversación es cálida, muy cálida. Hablar de poesía con los pies en la tierra. Pocos libros permiten este ejercicio de indagar cómo nace un verso, como si fuera en una película «basada en hechos reales». Aunque los hechos son tan duros las palabras nos permiten acercarnos con seguridad hacia el borde del abismo:

Sólo un pájaro sabe.

El mismo siempre.

Canta al alba y lastima en unos ojos

que olvidaron reír, pero aún caminan.

Llegué hasta el precipicio,

era mayor mi herida.

Mi caída no cabe en el vacío.

Resbala el corazón.

Cruenta ley de amar: no creas del todo.

Lo aprendí al borde justo.

 

Alpe D’Huez

Podría rastrearse así cada uno de los poemas, como el dedicado al Alpe D’Huez porque se acordaba de López Carril y de una foto en la que muestra el terrible sufrimiento del ascenso «y yo me agarraba a los hierros de la cama como al manillar de la bici para darme ánimos, para pedalear». Ese poema que dice:

Puerto arriba la sangre, el corazón, las ganas

(…)

más ahínco, más ánimo, más qué,

los dientes, las costillas, los pulmones.

O también seguir el rastro del miedo a morir hasta el esqueleto varado de una ballena en la playa:

Cuando no queda más, cuando ya has muerto,

varado en cualquier playa, elegida, obligada,

inesperada, qué más da, qué más doy (…)

y era el mar, no era el barco

el que llegaba a puerto

y aquí sigue

mojándome los huesos con sus olas.

Para Beltrán, el resultado es una muestra de «la importancia que tiene en momentos terribles buscar la metáfora acertada para que camine contigo». El libro tardó en nacer. Después de salir del hospital aún tuvo que pasar cincuenta días en casa recuperándose, cincuenta días en los que aún no daba negativo en los análisis. «Todo se ha trastocado -subraya- y la palabra más odiosa antes, negativo, se ha convertido en la mejor. Pero yo no escribía para un libro. Fueron naciendo poemas, poco a poco. Y reflexiones sobre lo que había vivido, por fin, que le permitieron llegar a mirar de frente a todo lo que le había pasado.

Los oficios acontecieron, ayudaron

«Llega un momento en el que sostienes la mirada. Pienso mucho estos días en ello. A lo mejor te hace daño sostenerla tanto tiempo, pero es la labor del poeta. Todos los oficios han cumplido, acontecieron en la pandemia. El conductor ha estado trabajando en el autobús, el panadero, los sanitarios, la cajera del supermercado. El poeta aporta lo que puede, las palabras. En ese sentido me compensa, cada vez que llega un mensaje de un lector, que ha pedido mi mail a un librero, y leo esas cosas que me da pudor repetir. Ese sostener la mirada que me está dañando un poco merece la pena si se convierte en una voz coral. Uno me ha dado su pan, otro su medicina. Yo he podido dar lo mío».

¿Y después? Se trastocan los valores. Cosas que antes no dabas importancia y se hacen esenciales: «Fíjate qué curioso, estaba obsesionado con abrazar un campo de trigo. Y cuando pude viajar no paré hasta encontrar uno, metiéndome por unos caminos… pero lo logré.

-Debió de ser un momento «Gladiator»…

-(Risas) ¡Sí! Fue un momento de película auténtica. Muy curiosa esta vuelta a la naturaleza, siendo yo un poeta tan urbano. Ahí te das cuenta de que a la naturaleza le da igual que tú te mueras. Pero en un sentido positivo. Porque todo sigue estés tú o no estés. Hay un verso en ese poema que dice «Todo tiene sentido cuando todo se pierde». Ese no es un pensamiento previo que yo tuviera. El poema ha llegado, me ha llevado a esto.

Adiós al tacto

Esa intensidad recobrada es la otra cara de la incertidumbre a la que nos ha llevado la pandemia. «Aunque lo olvidásemos sabíamos que somos frágiles, pero ahora se ha incorporado el miedo y hay sentidos que se han perdido. El tacto. Lo hemos perdido. La palabra del año para mí no es confinamiento, es el tacto, la que más echo de menos. Hemos dejado de tocarnos y abrazarnos, es lo que queremos recuperar en este descampado, esos momentitos buenos».

Da escalofríos recordar que en marzo, cuando empezó el confinamiento, Fernando Beltrán participó, junto a otros poetas, en la creación de versos para un reportaje que fue portada de ABC. Ya estaba enfermo, pero no lo sabía aún, cuando envió este haiku: «Los pulmones,/ alas rotas del pecho,/ se detienen de pronto».

Después de todo lo que ha pasado, según asevera, «cuesta volver al engranaje. Lo bueno que hayas aprendido, incorpóralo. Busquemos una zona común». Por ello ante las peleas y polémicas políticas que vivimos, confiesa que «no los entiendo, es como si hablasen otro idioma».

Inventor de metáforas

Fernando Beltrán es poeta, nació en Oviedo en 1956. De tono urbano, entre sus más de veinte poemarios destacan «Aquelarre en Madrid», «Gran Vía» o «Bar adentro».

Fundó «El Nombre de las Cosas» en 1989, un estudio pioinero en España en la creación de «naming» y denominaciones para marcas. Vive de inventar palabras que conocemos bien: «Rastreator», «Opencor», «Faunia», «Amena», «Emoción»…

En marzo de 2020 contrajo la versión grave del covid-19 y estuvo hospitalizado. Después peleó durante una larga recuperación de 50 días en su domicilio.

«La curación del mundo» (Hiperión) es el libro de poemas sobre esa experiencia que acaba de publicar.

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