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Literatura

Mónica Ojeda: «La literatura me permite ponerle nombre a lo espantoso»

La escritora ecuatoriana se sumerge en el gótico andino en su último libro de cuentos, «Las voladoras»

Lo mismo da que Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) escriba poesía, novela o relato. La autora ecuatoriana, afincada en Madrid desde hace tiempo, rompe las costuras de todos los géneros que toca. Siempre. Y lo hace, además, conjurando la fantasía de lo cotidiano. Así da forma a la más alta literatura. Como en «Las voladoras» (Páginas de Espuma), su último libro de cuentos, en el que descubre al lector el gótico andino, pero, sobre todo, nombra los miedos compartidos por todas las culturas y sociedades, que son ancestrales. Porque Lovecraft tenía razón: el horror es la atmósfera.

– ¿Por qué, hasta ahora, no habíamos oído hablar del gótico andino y, sin embargo, el realismo mágico es un género en sí mismo?

– Tiene que ver con la clasificación, con la sistematización de la crítica respecto a determinadas literaturas. El realismo mágico viene a través del boom, de todo un fenómeno editorial. El gótico andino no es algo que se ha sistematizado, ni siquiera en Ecuador; nadie ha hecho una investigación sobre cuáles podrían ser sus catacterísticas esenciales o qué literatura se puede suscribir a él. Y, sin embargo, yo he vivido toda mi vida en Ecuador escuchando a la gente hablar del gótico andino. Es un conocimiento en la lengua, en la palabra, sobre una posibilidad del miedo sumergido en este paisaje, y con todas estas características místicas, mitológicas, etcétera. En casi todos los relatos tomo algo que viene de la narrativa oral, del conocimiento popular, y lo llevo a mi terreno libremente, no he querido ser fiel, sino quizá bastante infiel.

– Dice que lo ha llevado a su terreno… ¿cuál es su terreno?

– Mi terreno suele ser, hasta ahora, el tema de la violencia y lo que la violencia es capaz de hacer con los cuerpos y con las mentes de las personas que tanto la sufren como la ejercen. No me interesa el acto violento per se, sino qué ocurre con las personas, con los cuerpos dañados, con las mentes dañadas por la violencia o con las mentes que sienten ese deseo irrefrenable de destrucción hacia los demás. Me interesa porque genera unos laberintos que son misteriosos y que se parecen mucho a cómo yo concibo la escritura, en tanto que entiendo también la palabra como un espacio laberíntico y misterioso.

– ¿Es la escritura una vía para asumir la violencia que nos rodea, para procesarla, de algún modo?

– Yo no sé si a mí la literatura me ayuda a aceptar la violencia. Yo creo que no, porque la violencia siempre acaba siendo para mí bastante inaceptable. Tal vez la escritura me da la posibilidad de intentar darle discurso a algo que me ha dinamitado el discurso, porque la violencia tiene esa capacidad de destruirte el lenguaje, de repente te quedas inerme, no tienes capacidad de hacer discurso en torno a lo que te ha pasado. La literatura me da la posibilidad de intentar volver a ponerle nombre a lo que es espantoso, a lo que ha sido doloroso. En ese intento, yo encuentro una satisfacción y una posibilidad de abrir los ojos en lugar de tenerlos cerrados en medio de la oscuridad, así como no queriendo ver nada. Me da la posibilidad de ver algunas cosas.

– ¿Cuáles son los principales miedos que hoy compartimos las distintas sociedades, en todo el mundo?

– Hay un montón de miedos cotidianos, pero además sin fin. Estoy pensando en, por ejemplo, ahora mismo, la precariedad, la incertidumbre, el miedo a la muerte de los que amamos, el miedo a la pérdida… Todo ese tipo de cosas que normalmente, ya fuera del tiempo en el que estamos, son miedos que nos habitan, nos determinan y forjan nuestro carácter, ahora mismo están disparados. Los miedos tienen sus cosas en común, porque, a la larga, seguimos siendo seres humanos con un mundo emocional bastante similar, con unas vulnerabilidades similares, y a mí me parece eso súper interesante. Ves que hay cosas que son particulares, pero también nos vinculan a todos.

– Pero, curiosamente, en esas particularidades reside la imaginación y, por tanto, la ficción.

– Es en las particularidades en donde hay el descubrimiento, y eso para mí es esencial en la escritura. Yo encuentro que lo interesante de la escritura, y también de la lectura, tiene que ver con la posibilidad de descubrir otros mundos posibles, otras miradas posibles, pero también otras formas de escribir el mundo, algo que sólo puede suceder con este uso particular del lenguaje, con esta forma de enfrentar la palabra a lo tangible, a lo material, al cuerpo, a las emociones. Es en esas particularidades en donde podemos ampliar la mirada literaria, entendiendo la literatura como un acervo tremendo, repleto de distintas voces.

– En el libro, en cada relato, yo percibo una defensa de la mujer como un ser poderoso. ¿Era esa su intención?

– Yo separo mi activismo político o mi compromiso político de las intenciones que tengo cuando escribo literatura. Cuando escribo literatura, no intento defender nada, pero sí intento ahondar en determinadas experiencias hasta donde me de la cabeza y si, como resultado, se da esa posibilidad de lectura la asumo y me encanta.

– Algo que me fascina es que su escritura es tan híbrida como usted.

– Me interesa ver de qué manera, dentro de los géneros en los que he escrito, puedo perturbar ese género. En este libro hay una intención de perturbar el cuento en el sentido de la escritura poética. Esa voluntad quizá me la ha inoculado Anne Carson, le debo mucho.

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