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Literatura

Pongamos que Trapiello habla de Madrid

ABC acompaña al escritor, que acaba de publicar un libro dedicado a la capital, en uno de sus paseos favoritos: de la plaza de la Villa de París al Jardín Botánico, con paradas en el Ayuntamiento, la Puerta de Alcalá, el Retiro y el Museo del Prado

Hace unas semanas, no muchas, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) regresó del «confín» extremeño en el que ha estado refugiado, junto con su mujer, los últimos siete meses. La extrañeza de volver a Madrid, la ciudad cosmopolita con más acento castizo, después de tanto tiempo se agudiza al llegar a ella en plena segunda ola de la pandemia. Ahora, el escritor, que es madrugador por naturaleza, se asoma, temprano, al balcón de la casa del barrio de Justicia en la que lleva viviendo cuarenta y dos años, y todas las mañanas parecen las de un domingo, «sólo que sin la alegría de las mañanas de domingo», porque «la tristeza está por todas partes».

Lo dice mientras nos acercamos,

andando a paso ligero, pues Trapiello es un caminante disfrutón, pero veloz, a la plaza de la Villa de París. Es la primera parada del trayecto propuesto por el autor a propósito de su último libro, «Madrid» (Destino), un relato, personal y literario, en el que recorre la historia de la ciudad. Trapiello vive muy cerca. «Aquí venían a jugar mis hijos de niños, al lado estaba la casa de Ramón Gaya, al que veía casi a diario… Es una plaza tranquila y, probablemente, la más popular de España, porque aparece a diario en todos los telediarios con todos esos delincuentes, ladrones, estafadores…».

-Políticos…

-Políticos menos; más terroristas, golpistas, narcos, ensoñadores… Es la plaza por antonomasia de la justicia. Y es una plaza simpática. Antes tenía un encanto más provinciano aún. Yo he visto aquí, hace quince o veinte años, cómo los mendigos hacían hogueras para pasar las noches, y he visto acercarse a los guardias para calentarse; había como una fraternidad entre los mendigos y la justicia especial, muy bonita. Sin salir del barrio, en apenas dos manzanas, tenías cuarenta o cincuenta oficios… En cuarenta años, han desaparecido prácticamente todos. Pero es mi plaza, es la que me gusta, tiene cierta armonía…

-Imagino que ese cambio en los últimos meses habrá sido definitivo…

-Yo creo que el ser humano tiene una capacidad de olvido afortunadamente muy grande, incluso para el dolor. El tiempo lo cura todo, y curará, incluso, las heridas del coronavirus. Los últimos ocho meses la ciudad, en efecto, se ha venido abajo, pero dale dos meses de normalidad y la gente lo olvida todo.

Trapiello no vino a Madrid a triunfar. Para él, el verdadero triunfo era, y sigue siendo, poder vivir de la escritura, algo que comenzó a hacer después de que le despidieran de la televisión, donde conoció a su mujer. En 1978 compraron la casa que, todavía hoy, siguesiendo su hogar. El piso, bastante grande, les costó poco, el equivalente a unos seis mil euros. Justicia no era entonces el barrio chic que es ahora. La primera heroína de Madrid se empezó a vender allí, y nadie quería vivir en él, mucho menos los ricos y las gentes de bien, que se marcharon a Puerta de Hierro y a todas esas periferias de lujo que en aquel momento empezaban a construirse.

Bohemia

Mientras atravesamos Recoletos, Trapiello recuerda que, hasta que llegaron los fondos europeos, los edificios tenían desconchones… Era, también, antes incluso de la Movida, el barrio del teatro, de la bohemia… Allí estaban el restaurante Óliver, que abrió Adolfo Marsillach en 1966, y la Casa Gades, que pusieron en marcha Antonio Gades y Pepa Flores diez años después. Ya no queda nada de eso, pero los teatros siguen en pie: el Infanta Isabel, el María Guerrero… Igual que el Café Gijón. Aunque Trapiello nunca ha sido de tertulias literarias, ni de cafés. Es verdad que, hace años, formó parte de una tertulia, con amigos como Sánchez Ferlosio y Soledad Puértolas, en el viejo Café Lyon de la calle de Alcalá. La evocación de aquellos encuentros llega, justo, cuando nos detenemos frente al Ayuntamiento de la capital.

El ruido ensordecedor del paseo de la Castellana no ahoga las palabras del escritor. «Cuando la hija de Carmen Martín Gaite oía a sus padres decir “¡Qué feo edificio, qué espantoso edificio!”, ella decía lo mismo que yo digo en el libro: “Ya se pondrá bonito”». A Trapiello, el traslado del consistorio a Cibeles le pareció «una obra faraónica, pero en algún momento había que hacerla; y, hoy por hoy, me parece bien, porque como centro cultural se le puede sacar mucho provecho. Además, está en el centro».

Al subir hacia la Puerta de Alcalá, camino del Retiro, Trapiello mira a ambos lados de la calle. «Todos estos cafés eran muy bonitos hace cuarenta años, pero claro, como dice Cañabate, el madrileño se pasa la vida yendo de lamento en lamento, cosa que es un poco absurda. Cuando uno echa de menos una plaza, un comercio, un café… lo que suele echar de menos es su juventud. Por tanto, es absurdo lamentarse, yo ya me lamento de poco». Eso sí, reconoce que la Puerta de Alcalá «era mucho más bonita cuando tenía una utilidad, pegada a la cerca, con sus puertas que se abrían por la mañana y se cerraban por la noche… Ahora, ver una puerta así, en mitad de la nada… pero bueno, no lo vas a quitar».

-Es uno de los símbolos de Madrid…

-Sí, Madrid no tiene muchos. Madrid es una ciudad que no tiene las bellezas que tienen otras ciudades, pero Madrid al final tiene eso que se llama la suerte de la fea, que la guapa la desea. Tienes que descubrirla, y cuando se la encuentras, está muy bien. Y cuando te quieres dar cuenta has pasado toda la vida a su lado y, como diría un personaje de Galdós, tan ricamente.

-Yo tengo la sensación de que los madrileños no miramos hacia arriba cuando caminamos por Madrid, cosa que sí hacemos cuando visitamos ciudades como turistas…

-Deberíamos tenerlo presente siempre, pero no solamente en Madrid; hablas con un parisino y le pasa lo mismo o, incluso, un veneciano, sólo ven la ciudad cuando se la enseñan a un forastero.

-Que es lo que ha hecho en el libro.

-Es lo que he hecho en el libro. He hecho de mí mismo un forastero para ir fijándome en todas esas cosas. Así la ciudad se vive de otra manera, porque cuando empiezas a mirar hacia arriba descubres que Madrid es una ciudad realmente importante. Madrid es muy importante, pero no se da en absoluto importancia.

-Eso es cierto.

-El madrileño no se da importancia. El madrileño no se victima, es bastante estoico, está acostumbrado a sufrir, porque le ha traído a Madrid la lucha por la vida y, por tanto, el madrileño es un hombre que está acostumbrado a luchar. A Madrid hemos venido todos llorados de nuestra patria chica. Esa es la razón de que en Madrid no se esté mucho para victimizaciones.

-En cambio, otras regiones del país sí han explotado ese victimismo, y lo hemos vivido con particular sufrimiento a lo largo de los últimos años.

-Los hay que se pasan el día quejándose, lloriqueando, pedigüeñeando. El madrileño no se queja, es estoico. El madrileño está acostumbrado a pasarlas mal y por lo general tiende a ver las cosas buenas, quiere disfrutar de ellas, quiere que se arreglen y cuando no se arreglan busca una solución. Este es el carácter del madrileño: un hombre que no tiene identidad, que no tiene apego más que a la vida. Si fuera un libro, Madrid sería una obra maestra editada de una manera pobre, como Fortunata y Jacinta. La primera edición de Fortunata y Jacinta, en cuatro tomos, está en rústica, en mal papel y con una tipografía en absoluto memorable.

-Eso es Madrid.

-Eso es Madrid. Y Madrid es la primera edición del Quijote, editada en mal papel y con mala tipografía, y llena de erratas. Eso es Madrid, una ciudad con muchas erratas, pero con una melodía bonita, humilde y pegadiza.

Siguiendo ese ritmo acompasado, entramos al Retiro, al que Juan Ramón venía mucho a pasear. «Él decía que el Retiro era el Madrid posible, el Madrid mejor, porque es un jardín ordenado, con su propia vida armónica, donde está metida la naturaleza, el agro culturizado más que en ninguna otra parte. En todo momento el Retiro es bonito, en todas las estaciones y a todas las horas».

-El Retiro es una evasión, ¿no?

-Bueno, yo aquí no pierdo el tiempo, vengo a pensar, a darle vueltas a las cosas, a sentarme, me encanta ver a la gente. Me gusta la vida de la gente.

-Y el Retiro es un escenario perfecto para poder observar a la gente.

-Sí, porque en el Retiro la gente, por lo general, nos desprendemos de lo peor nuestro.

– ¿Por qué?

-Porque somos más serenos, más respetuosos, estamos más ensimismados, más reclamados por la naturaleza y olvidados de nosotros mismos, y todo esto hace que la gente esté de mejor humor.

-En los meses más duros de la pandemia, el Retiro ha sido, más que nunca, un refugio para los madrileños.

-Bueno, porque la gente necesita el contacto con la tierra y con la naturaleza. Ni siquiera se pregunta quién es ese que va a caballo, por qué está ahí… Por cierto, en el Retiro está, según Julio López, una de las mejores cabezas de caballo de la historia de la escultura, en el monumento a Martínez Campos. Es magnífica.

-Ahora que apunta a las estatuas, ¿qué le parece el revisionismo histórico que mira el pasado con los ojos del presente?

-El presentismo, aparte de que es de un gran candor, te obligaría a cambiar y poner patas arriba todas las cosas, no solo las ciudades…

-Me gusta eso que dice de que la memoria no se puede legislar, porque es una facultad.

-La memoria es una cualidad de la persona y nadie puede entrar en tu cabeza para decirte qué tienes que recordar o no. La polémica de Largo Caballero es muy corta. La defensa más extravagante que se ha hecho de él estos días la hizo Paul Preston: «Largo Caballero sería un político mediocre, pero no era un asesino», dijo. Es decir, que hemos de conservar su monumento porque fue un político mediocre… Hombre, si en Madrid hubiera que poner una estatua a todos los políticos mediocres no podríamos salir de casa. Decía Hannah Arendt que el historiador es el guardián de los hechos. Tú lo que no puedes hacer con los hechos es inventarlos ni presentarlos de una manera fraudulenta acomodándolos a lo que tú quieres que los hechos digan. Madrid, la ciudad de Madrid es lo que es. Podemos decir que el Manzanares es navegable (lo fue), pero no que es rico en salmones. En el Comisionado de la Memoria Histórica, durante dos años, lo que hicimos fue sopesar hechos y ver si lo negativo de unos comportamientos y lo positivo de otros nos impedían aplicar una ley en la que, por otra parte, veíamos grandísimas deficiencias, pero que ya estaba aprobada en el Parlamento.

-Se refiere a la Ley de Memoria Histórica.

– Sí. Es una ley muy deficiente, origen de contrasentidos, paradojas e injusticias comparativas. Para eso está la memoria, para llegar a una especie de relato común. La verdad, decía Giner de los Ríos, la hacemos entre todos, y recordamos entre todos. No puede ser que recuerden siempre los mismos, hunos u hotros, por decirlo como Unamuno.

Este Madrid, que se extiende por el Observatorio, por el Retiro, por el Casón del Buen Retiro, por el Prado y el Botánico, es el Madrid del siglo XVIII, el Madrid neoclásico. «Es, probablemente el más depurado de todos los madrides, pero no excluye al otro, al Madrid de los barrios bajos y del rastro». Y es algo que también le ocurre siempre a Trapiello, que comparte «los dos extremos, debe ser que soy un madrileño sintoísta». Lo cierto es que «Madrid no es una ciudad clasista, ni muchísimo menos. Nada más popular que el Retiro, sobre todo cuando llega el buen tiempo. El Retiro es como la Pradera de San Isidro, depurada».

– Antes decía, citando a Giner de los Ríos, que la verdad la construimos entre todos, pero yo tengo la sensación de que, sobre todo en los últimos tiempos, a los españoles cada vez nos cuesta más trabajo ponernos de acuerdo en algo.

– Yo no estoy muy de acuerdo con eso, porque eso pasaría por aceptar que los políticos son todos los españoles, y no es verdad. No creo que a los españoles les costara entenderse más que a los ingleses o a los franceses. Ahora, en este momento tenemos una clase política sin demasiados escrúpulos. ¿Qué tiene que ver un socialista honrado con un exetarra o con los nacionalistas más reaccionarios? Pues ahí los tienes «juntos y en unión» en el Gobierno, como los requetés, los falangistas y los de las Jons después del decreto de Unificación.

-Y esa división la han trasladado a la ciudadanía.

-Yo en general tiendo al optimismo. La ciudadanía a veces se equivoca, a veces no, pero hay que darle un tiempo y pedirle que reflexione y que no dé su voto al primero que se le ocurra. La moderación pasa por tratar como adulto a todo el mundo, incluida a una ciudadanía cada vez más infantilizada e idiotizada.

-Digamos que tenemos que votar más con la cabeza y menos con el corazón, ¿no?

-Bueno, hay que votar con las dos cosas. Yo no descartaría el corazón así tan a la ligera, pero lo que no le daría es el mando en plaza. Hay que votar con la cabeza y con el corazón, con ambas cosas, pero principalmente con la cabeza, desde luego. Haciendo la media entre cabeza y corazón, que es la reflexión. Realmente, deberíamos ser más reflexivos.

-Es que el carácter español…

-No creo tampoco en el carácter español. El carácter español no existe, eso lo creerán los nacionalistas catalanes, vascos o españoles. No hay un carácter español, hay unos hábitos, unos malos hábitos…

-¿Como por ejemplo?

-Hablar a voces, ser precipitados, mentir descaradamente, decir que te va a quitar el sueño una cosa y luego dormir a pierna suelta, ser sanguíneos, creer que la hombría depende del volumen de la voz, creer que las creencias son más firmes cuanto más intransigentes, que las mascarillas son malas para la salud y luego poner multas al que no las lleva… No hay un carácter español. Hay cucos, hay oportunistas y demagogos. Lo español no es nada. Hay una serie de rasgos sentimentales que compartimos, pero que como se van se vienen, no hay nada que sea naturaleza; eso lo creen los racistas, los xenófobos, creen que sí, que naturalmente son distintos, o sea mejores.

-Mire lo que pasa en este país con la bandera.

-Oímos decir: «La derecha se ha apropiado de la bandera». ¿Sí? Pues nada, haz uso tú también de ella. Ningún otro país tiene un conflicto con su bandera, es la bandera de tu país y está ahí, no es que te guste o no, es la que es.

-Es que es un conflicto absurdo.

-Hace poco salimos unos cuantos en un vídeo diciendo “¡Viva el Rey!”. Queríamos defender la Constitución. Y vinieron algunos diciendo: «La derecha se apropia del Rey». El caso es que habíamos invitado a muchos de izquierda, y ninguno quiso, temiendo que habría gentes de derecha en el vídeo. No dejamos de votar en unas elecciones porque voten también los idiotas, los maltratadores o los ultras, y en la misma urna en que lo hacemos nosotros. La cuestión no es por qué al Rey lo defiende la derecha, sino por qué lo ataca la izquierda o no lo defiende.

Dejamos atrás el Retiro, y las cuestiones políticas, y acabamos en el Prado, «lo más sólido que tiene España», en palabras de Trapiello inspiradas en su admirado Ramón Gaya. «Lo mejor que ha dado este país está en el Prado, por fuera y por dentro, por el contenido y por el continente. Contiene no solamente obras de arte, contiene eso que llamamos el milagro español, ese respeto por la realidad que caracteriza al artista español, esa especie de amor hacia la realidad, hacia lo que es común a todos. Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza decían que lo mejor nace del pueblo, y es verdad, en el sentido de que el pueblo destila muy bien unas virtudes que nos hacen estar despiertos y atentos a la realidad. ¿Y qué es la realidad? La suma de pasiones, pensamientos y afectos, que combinados adecuadamente hacen al hombre mejor, hacen que el hombre se perfeccione y mejore».

Nuestro paseo, uno de los favoritos del escritor, termina a las puertas del Jardín Botánico. Él suele alargarse un poco más y llega hasta la Cuesta de Moyano para saludar a los amigos libreros. Aunque, claro, eso era antes, cuando nuestro pasado no se conjugaba en condicional.

-¿Echa de menos la vida de antes?

-Bueno, no mucho, porque mi vida ha sido siempre así. Lo único que echo de menos es abrazar a los amigos, abrazar a mi nieta, a mis hijos… Eso sí lo echo de menos, pero el resto no mucho. Mi vida es más o menos lo que has visto. Estoy muchísimas horas al día solo, y muchos días al mes, y el confinamiento no me llama la atención. Soy una persona bastante ordenada y los libros van saliendo solos, unos mejor que otros, me ocupo a veces de la compra y de trabajos serviles, y por la tarde leo algo, a partir de las ocho doy un paseo por el barrio… Dios quiera que no nos roce este virus y no padezcamos lo que están padeciendo miles de españoles directa o indirectamente con familiares enfermos, muertos… Estamos viviendo como un compás de espera, no podemos realizar enteramente nuestra vida, tienes la sensación de que, hasta que esto no se resuelva, las cosas que haces no van a estar hechas del todo; tengo la sensación de que lo que estoy escribiendo tampoco está bien, porque nadie puede quitarse de la cabeza esta preocupación…

-Es una nube negra que tenemos encima de la cabeza…

-Sí, que lo tiñe todo de un color sombrío.

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