Portada » Vanessa Springora, la víctima que encerró a su abusador en un libro
Literatura

Vanessa Springora, la víctima que encerró a su abusador en un libro

La editora y escritora Vanessa Springora - J F PAGA

Inés Martín Rodrigo

Llega a España «El consentimiento», la obra que hizo saltar en Francia el escándalo del «caso Matzneff», el escritor pedófilo que se jactaba de serlo en su propia obra

Los libros curan, la buena literatura sana. Y eso lo saben tanto los autores como los lectores. Sobre todo las obras que llegan a tiempo, en el momento que debían ser escritas para, después, ser leídas. Incluso, con un poco de suerte, esas palabras, esa narración, muchas veces descarnadas, sirven para tomar conciencia de que no es necesario, por injusto, reescribir la historia, pero sí cuestionar, mediante su denuncia, actos que, amparados en la legitimidad de lo artístico, fueron deleznables en su momento, como lo siguen siendo ahora.

Vanessa Springora (París, 1972) tenía sólo trece años cuando conoció a Gabriel Matzneff, por entonces (mediados de los años ochenta) una de las vacas sagradas de la literatura francesa. Sin darse cuenta,

atraída por la fascinación de sentirse deseada y con el beneplácito de todos los que la rodeaban (incluida su madre, a través de la que conoció a Matzneff), la adolescente cayó en la trampa de un pedófilo que, además, se jactaba de serlo en todos sus reconocidos y premiados libros. Inició, así, una relación «sentimental» que, sólo muchos años después, Springora logró ver como lo que realmente era: un círculo vicioso, asfixiante y tóxico de abusos sexuales a una menor de edad. Se reconoció, por fin, en el papel de víctima, y decidió contarlo.

Así nació «El consentimiento» (Lumen), libro publicado el año pasado en Francia, que supuso un escándalo de proporciones mayúsculas, destapando los trapos más sucios de la intelectualidad gala, y con el que su autora, además de lograr la redención, puso a su depredador contra las cuerdas. «Llevo muchos años dando vueltas en mi jaula –escribe la autora, que es también editora, en el prólogo–, albergando sueños de asesinato y venganza. Hasta el día en que la solución se presenta ante mis ojos como una evidencia: atrapar al cazador en su propia trampa: encerrarlo en un libro». Un año después de aquello, Matzneff ha llegado a ser juzgado y, aunque los hechos que atañen a Springora ya han prescrito, su caso ha servido para cuestionar la superioridad moral con la que, durante décadas, actuaron en Francia los más ilustres personajes del mundo de la cultura y de la política.

Ayer, en su puesta de largo en nuestro país, Springora explicó que escribió «El consentimiento» para ella. «Es muy personal, lo llevaba dentro casi treinta años. Aquellos hechos me alejaron de la literatura y, durante mucho tiempo, me dediqué a otras cosas». El punto de inflexión fue la maternidad. Springora encontró a un hombre que la amaba de verdad y decidió ser madre. «Cuando mi hijo llegó a la adolescencia, comprendí lo fácil que le resulta a cualquier figura de autoridad seducir a un menor. Yo fui una presa fácil».

Una vez recorrido ese camino, tan necesario, Springora se dio de bruces, una vez más, con la realidad: en 2013, Gabriel Matzneff ganó el premio Renaudot. «Era increíble que se siguiera recompensando la pedofilia que relataba en sus libros». Casi cuatro años después, se armó de valor y se puso a escribir. «El libro es la cumbre de este proceso de liberación que he vivido. Para mí, lo mejor es que se haya publicado, que sea público y, también, ejerza de contrapunto a toda la obra de Matzneff. Yo represento a otras chicas y chicos que han vivido experiencias similares».

Springora es muy consciente de que «no hay nada más destructivo que el silencio» y por eso, quizás, «todo lo escrito en el libro es real». Desde su infancia, marcada por un padre ausente –murió poco después de que apareciera el libro y la autora no ha conseguido averiguar si lo leyó, aunque espera que sólo «haya sido una coincidencia terrible»–, a sus primeros encuentros sexuales con Matzneff. Su madre, a la que ha perdonado, «no fue capaz de percibir el peligro y hoy lo lamenta».

«Espero haber encontrado la voz más adecuada. Eso expone mi intimidad, pero quería estar lo más cerca posible de la verdad y que el lector llegue a sus conclusiones y juzgue él». Cuando Matzneff se cruzó en su vida, la ley francesa establecía la mayoría sexual a los quince años. «Yo no soy jurista –argumenta la autora–, son cuestiones que debe analizar un juez. No estoy tan segura de que haya que establecer un umbral, pero el consentimiento no debe usarse para favorecer al agresor. En el libro quise manifestar que yo también tuve responsabilidad, pero quise cuestionarme la noción de consentimiento –de ahí el título–, porque se puede volver contra la víctima y atenuar la gravedad de los hechos. Debe estudiarse la posición del adulto respecto al menor. Consentir es decir sí, pero las dos personas tienen que estar en igualdad».

Libertad

Lo cierto es que, a mediados de los 70, Matzneff impulsó un manifiesto a favor de la despenalización de las relaciones sexuales con menores en el que estamparon su firma Simone de Beauvoir, Sartre o Roland Barthes, entre otros. En esa misma época, al escritor, que acudía a Filipinas para mantener sexo con niños, le llovían los homenajes, gozaba de un prestigio incuestionable y era recibido con las puertas abiertas en el Palacio del Elíseo. ¿Cómo era posible que la élite intelectual y política mirara para otro lado, que «consintiera» también? Springora no puede responder a esa cuestión. «Es algo que me he preguntado mucho y fue una de las razones por las que escribí el libro. Era una época de libertad, marcada por el lema de Mayo del 68, “Prohibido prohibir”, y había una gran confusión intelectual, porque hubo una especie de explosión, de liberación de las costumbres».

Dicho esto, Springora reconoce que «en Francia la figura del escritor, del intelectual que escribe, tiene un estatus especial, parece que está por encima», y a quienes rodeaban y aplaudían a Matzneff «les costaba creer que detrás de esas páginas había personas reales». Llegamos, así, al eterno debate de la separación entre la obra y el artista. Una distinción que Springora parece tener muy clara, pero con matices. «El hombre debe estar separado del artista y de su obra, pero si se pueden asociar los hechos que narra en esa obra con su vida, esa obra debe ser cuestionada y la persona debe rendir cuentas. Es una cuestión legal. Matzneff relata actos pedófilos que ha cometido él mismo y se reivindica como el monstruo que está en sus libros». Un caso «distinto», según la autora, al del cineasta Roman Polanski. «Sus películas no hacen apología de la violación, no deben ser censuradas. Pero eso no quiere decir que no deba responder ante la Justicia por lo que haya hecho».

En el libro, Springora asegura que «Lolita» es «la condena más dura y eficaz» que ha leído sobre la pedofilia. «Nabokov no fue condescendiente con su personaje pedófilo, lo mostró como nunca antes en la literatura. No se puede poner al mismo nivel que Matzneff. Hay que ver cuál es la relación entre la ficción y los hechos reales. Yo no estoy aquí para juzgar las obras maestras de la literatura mundial». Es más, le «decepcionó» que, a principios de año, Gallimard retirara de las librerías los diarios íntimos de su abusador y le «gustaría que fueran reeditados dentro de un contexto que explicara» lo que pasó. Eso sí, Springora, actual directora de la editorial Julliard, tiene claro que ella «jamás habría publicado la obra de Matzneff».

gabriel matzneff kPw 540x285@abc - Vanessa Springora, la víctima que encerró a su abusador en un libro - literatura
El escritor Gabriel Matzneff – AFP
mercedes banner - Vanessa Springora, la víctima que encerró a su abusador en un libro - literatura
----