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Consideraciones sobre la catástrofe de Lesbos

Bernard-Henri Lévy 

Se veía venir.

He estado en dos ocasiones en esa prisión al aire libre; el campo de refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos.

La primera, en febrero, al inicio de la pandemia del coronavirus, cuando Erdogan amenazaba con disparar “el arma de los migrantes” que le dieron los europeos y con la que, desde entonces, les apunta a la cabeza.

Ese campo no era un campo, sino una indignidad, una zona casi sin ley, un Guantánamo sin culpables ni sospechosos, como una herida abierta

Una segunda vez, a mediados de mayo, cuando se levantó el confinamiento en Francia, cuando me metí en el primer avión que autorizaron para aterrizar en Atenas y, desde allí, hacia Mitilene, la capital de la isla.

Dije, escribí, grité, (el 26 de junio en este periódico) que ese campo no era un campo, sino una indignidad, una zona casi sin ley, un Guantánamo sin culpables ni sospechosos, como una herida abierta, un pedazo de la Europa griega, romana, judía, cristiana y democrática; dije, escribí y puse el grito en el cielo para dejar claro que no se negocia con la infamia y que, si el campo no se cerraba de inmediato, si no se destruía y se arrasaba con una apisonadora o, en todo caso, se conservaba, pero como un memorial de la inhumanidad y de la vergüenza, algo terrible pasaría.

Y ha pasado.

Veo los vídeos que me envían los habitantes de la isla con los que mantengo el contacto; el campo, pasto de las llamas del incendio que se declaró la noche del martes pasado. En otro vídeo, recibido al día siguiente, veo la escuelita que construyó con sus propias manos el padre jesuita Maurice Joyeux, en plena pendiente, sobre unos cimientos de palés e inmundicias compactadas, reducida a un montón de cenizas sobre la que planea, como en un cuadro de Chirico, una bandada de cuervos.

Por videollamada, observo el rostro ceroso de Massud y Amir, dos afganos que hablan francés y son personas de lo más cultas, que en su día me explicaron, citando a Kafka, los orígenes de una comedia penitenciaria donde se distingue, con una crueldad calculada, los grados de desdicha (en el escalafón más bajo, el temido sello rojo que significa estancia indefinida en Moria; en lo alto, los escasos y mágicos sellos azules que dan derecho a migrar hacia el continente; y, entre medias, el sello negro de los menores o los enfermos crónicos a los que se les llama “vulnerables” y que, quizá, a fuerza de abogados de los que cuestan una fortuna, tendrán derecho a salir del limbo y pasar del rojo al azul). Los escucho explicarme que sí, que todo esto, toda esta mecánica miserable, pero a la que igualmente se aferraban porque les daba un rayo de esperanza, se ha desmoronado, ha sido olvidada y ha acabado en el vertedero de una vida incendiada y desesperada: medio hombres, medio bestias, me dicen; desechos de humanidad; Kafka, sí, pero como Gregor Samsa, reducidos al estado de cucarachas o de ratas.

Leo en la prensa griega y en los informes de las ONG que todavía siguen trabajando sobre el terreno, que las 12.000 personas que han escapado del incendio se encuentran, en este instante, varadas en la carretera, durmiendo sobre el asfalto; niños llenos de suciedad y de miedo; mujeres descalzas y sin poder asearse; hombres con quemaduras graves, y, para mantener el orden y contener a las víctimas, a las que se trata como si fueran salvajes, nada menos que pelotones de antidisturbios.

Ante esta catástrofe, que ya había anunciado, ante la nueva calamidad de que se prometa, de aquí a cinco días, un campo nuevecito que será un nuevo vertedero de humanos condenados al mismo destino, vacilo entre la pena, la vergüenza y la ira, o la necesidad, por el momento, de recordar algunos hechos.

Europa, si quiere ser fiel a las normas básicas no ya del derecho, sino de la humanidad, sin las que una civilización no puede durar, les debe asistencia y refugio.

1. El infierno no se repara. Estas 12.000 personas, cuyo único delito ha sido huir de la persecución, la guerra o la miseria y, en su huida, haber creído en la Europa de la ley y del asilo, deben abandonar Lesbos sin más demora.

2. Ya no es momento de “y si” ni de “peros”; ya no hay historias de sellos azules, rojos o negros. Europa, si quiere ser fiel a las normas básicas no ya del derecho, sino de la humanidad, sin las que una civilización no puede durar, les debe asistencia y refugio.

3. Ante ese deber, cuyas dimensiones, si nos fijamos bien (500 millones de ciudadanos que se dividen en 27 países a los que se añadirían, en proporción de su población, 12.000 europeos por vocación y aspiración), no son gran cosa, ninguna de nuestras naciones, verdaderamente ninguna, debería tener el derecho de zafarse de este deber.

4. Si tal o cual primer ministro de caduca conciencia (el húngaro Víktor Orban o el austriaco Sebastian Kurtz) intentasen trampear y decir que es insostenible acoger a unos cientos de almas que sufren, la Unión Europea, teniendo en cuenta que sus valores fundamentales están en juego, debería poder reaccionar con la misma firmeza que antaño con el déficit, las leyes de competencia o las regulaciones de comercio comunitario.

5. Debería poder decirles, en otras palabras, y por utilizar una terminología que a ellos les gusta: “Si no te gusta Europa, te vas; a estos peregrinos de Europa que hemos tratado como apestados en el mismo lugar donde se inventó nuestro continente o les guardas respeto o serás tú el que te largues de aquí”.

Siempre habrá tiempo, a posterori, de plantear un debate sereno y claro sobre el tema de cuántos migrantes; de la cifra comparada de quienes llaman a la puerta y quienes se van en la otra dirección. ¿Estaremos todavía mucho tiempo, so pretexto de “contener a la extrema derecha” y evitar “hacerles el juego”, asumiendo su discurso y cediendo a su chantaje?

El pensamiento más antiguo de Occidente es: cada nuevo migrante que llega, no a lomos de un toro, sino en una maltrecha barca, puede que sea la princesa Europa; cuidado con humillarlos, porque entonces traerán consigo, con la deshonra y el desprecio, el imperio del último hombre.

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