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EEUU, el petróleo y Arabia Saudí: un triángulo amoroso de 75 años que está a punto de romperse

Miguel Á. Gayo Macías Cracovia
 

La bajada de la dependencia del petróleo saudí a consecuencia del coronavirus provoca que EEUU se replantee su relación con el país árabe.

La Segunda Guerra Mundial estaba a punto de terminar cuando un presidente, un rey y ocho ovejas se encontraban en un buque de guerra anclado en un lago egipcio de agua salada. Se trataba de Roosevelt, el rey saudí Ibn Saud, el USS Quincy y el Gran Lago Amargo, en medio del Canal de Suez. De las ovejas se desconocen los nombres. Formaron parte del banquete.

De aquel histórico encuentro salió la alianza entre el país con la mayor reserva petrolífera del mundo y la nación con el mayor poder militar del planeta. Han pasado 75 años y la relación de vasallaje entre “ocho millones de salvajes”, como llamó Kissinger a los saudíes, y la mayor potencia militar, basada en el intercambio de petróleo por armas y protección, ha cambiado mucho.

En un mundo azotado por la crisis del coronavirus, los Estados Unidos no necesitan importar tanto petróleo y se están replanteando su relación con un régimen cada vez “más complicado de defender” por su imagen, su naturaleza y su comportamiento. Los abusos contra los derechos humanos, la responsabilidad sin aclarar en los atentados del 11 de septiembre, la injustificable guerra contra Yemen, el caso del periodista turco descuartizado en la embajada saudí… bastarían para convertir a cualquier país en un apestado internacional, pero la sed de petróleo ha hecho tragar con todo a Washington.

Ahora, la guerra de precios de crudo alentada por Riad puede ser la gota que colme el vaso: “Después de todo, quizá ya no necesitemos a los saudíes”, resumía hace poco Bruce Riedel, veterano de la CIA y analista político.

La reciente guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia, que estalló cuando Moscú se negó a reducir su producción y Riad contraatacó inundando el mercado de crudo barato para no perder su cuota de ventas, está siendo muy perjudicial para los intereses de terceros países. Para las economías de Nigeria, Venezuela, Angola o Ecuador, que el precio del petróleo haya alcanzado valores negativos (se paga por recibir y almacenar crudo) sería el equivalente a que España tuviese que pagar por cada turista que recibe.

De ser una fuente de ingresos fundamental para sus vendedores, el petróleo ha pasado a ser un producto redundante y sin compradores. Hace pocos días, había 40 millones de barriles embarcados en petroleros navegando en alta mar, a la espera de recibir permiso de algún puerto donde desembarcar su mercancía. Esos 40 millones de barriles son, más o menos, lo que consume España en un mes.

El precio del petróleo sigue bajando

Dado que los pozos no pueden paralizar su producción de la noche a la mañana, el oro negro sigue fluyendo, sigue siendo almacenado y sigue perdiendo valor. El acuerdo firmado por los principales países productores hace un par de semanas no ha bastado para frenar el desplome en los precios y la crisis continúa, siendo EEUU uno de los grandes perjudicados.

La situación, agravada por la filosofía de ‘sálvese quien pueda’ que está provocando el coronavirus, ha revelado la fragilidad de algunas alianzas y puede llevar a los Estados Unidos a replantearse qué tipo de relación quieren mantener con Arabia Saudí.

Justo antes del acuerdo para reflotar los precios, un grupo de gobernadores norteamericanos mantuvo una conversación telefónica de dos horas con el ministro saudí de Energía. Uno de los gobernadores resumió de este modo sus conclusiones: “Nos hacen la guerra mientras nuestras tropas protegen sus pozos. Así no es como los amigos tratan a los amigos. Sus acciones son inexcusables y no serán olvidadas.”

Riad es el principal comprador de armas estadounidenses en todo el mundo. Es un cliente especialmente mimado por Washington, que ha accedido a venderles sistemas de defensa avanzados cuya venta a otros países ha sido vetada. El régimen saudí, regido por una familia de 15.000 miembros, que dirige el país con una mezcla de fanatismo religioso, leyes medievales y un desprecio por la democracia y los derechos humanos es sin embargo considerado como importante cliente, buen amigo y leal aliado por Trump.

La especial simpatía del actual presidente de EEUU no es, sin embargo, compartida por toda la clase política de ese país. Joe Biden, ha llamado a Arabia “paria” internacional y ha prometido cortar el grifo de suministros militares a Riad si sale elegido.

Comparar la relación entre ambos países con un tortuoso matrimonio de conveniencia puede ayudar a entender el contexto en el que se creó y se ha mantenido, contra viento y marea y a lo largo de muchas décadas, la alianza entre una democracia occidental y un reino teocrático y cuasi medieval.

La historia de una relación complicada

El punto más bajo de ese “matrimonio” tuvo lugar en 1973, cuando en la guerra egipcio-israelí Washington tomó claro partido por el Estado judío y el rey Faisal de Arabia decretó un embargo petrolífero a EEUU. El secretario de Estado Kissinger, que siempre aborreció al “reino beduino”, pidió a Nixon la invasión de Arabia o “al menos deshacernos de uno de los jeques, solo para demostrarles que podemos hacerlo”. Con el tiempo, las cosas se calmaron y la gasolina saudí volvió a llenar los depósitos de los coches americanos.

Poco después, la revolución iraní empujó a los saudíes a fortalecer y exportar el wahabismo, la rama ultraconservadora del Islam mayoritaria en Arabia, para contrarrestar la influencia de Teherán. Uno de los impulsores del wahabismo fue un tal Osama Bin Laden, patrocinador de los talibanes afganos y de los atentados del 11 de septiembre (valga recordar que 15 de los 19 terroristas eran saudíes).

Los contactos entre dichos terroristas y personas del gobierno de Riad provocaron una oleada de demandas por daños y perjuicios de ciudadanos americanos contra la familia real saudí, lo que contribuyó a enturbiar las ya complicadas relaciones entre ambos países. Pero también ese difícil capítulo pareció superado cuando en 2005 George Bush y el rey Abdullah posaron paseando de la mano en el rancho de Crawford con un bucólico fondo de flores violetas. Entonces llegó la era Obama.

A ojos de los saudíes, la respuesta de la administración Obama a la “primavera árabe”, la guerra de Siria y la influencia de Irán en un Irak deshecho fue, en el mejor de los casos, tibia. Ali Shihabi, un prominente saudí que dirige un lobby en Washington, dijo: “Arabia lleva 60 años de desengaños amorosos con EEUU, pero Obama nos ha roto el corazón”.

La relación con Trump

Trump, un presidente que no duda en dejarse fotografiar junto a dictadores como Kim Jong Un y dedicarles elogios y que exige la lealtad personal por encima de muchos otros valores, se convirtió desde el principio en la “gran esperanza blanca” de los saudíes. Por primera vez en la historia, el primer viaje diplomático internacional de un presidente recién elegido no era a un país vecino (México o Canadá), sino a Arabia Saudí.

Cuando Trump y Melania saludaban desde lo alto de la escalerilla del Air Force One en el aeropuerto de Medina, nadie quiso recordar las acusaciones que el flamante presidente vertió durante su campaña electoral, acusando a Riad de “estar detrás de los ataques del 11-S”. Todo daba igual, pues, como dijo Ali Shihabi a Foreign Policy, “si ponen un mono en la Casa Blanca aplaudiremos también”.

Ahora, dos países que hacen bueno en Washington el dicho de “con amigos como estos, quién necesita enemigos”, Rusia y Arabia Saudí, han comenzado y alimentado una guerra económica sobre el petróleo que está dañando a Estados Unidos, quien se encuentra en la inusual situación de ser él mismo un daño colateral.

Un barril por debajo de los 40 dólares deja de ser negocio para los americanos, y los saudíes lo han estado ofreciendo a 25. Muchos ven en esta situación una venganza por el audaz ataque con drones a los campos petrolíferos árabes con los que el verano pasado Irán destruyó un 5% de la capacidad de producción de Riad, y la única respuesta de Trump fue un tuit.

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