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La India, nuevo epicentro mundial de la Covid: más de 1.000 muertes diarias desde el 1 de septiembre

La gente guarda cola para coger un autobús en la ciudad de Bombay. Reuters

Miguel Á. Gayo Macías 

Ni siquiera el millón y pico de tests diarios que se llevan a cabo parecen ayudar para frenar la expansión del virus en este país, que es ya el segundo con más casos y ha registrado unas 75.000 muertes hasta la fecha.

La India se enfrenta a una tragedia cuyas proporciones aún están por ver y se ha convertido ya en el país donde la pandemia de la Covid-19 se está extendiendo más rápido. En sólo un día (el pasado sábado), la India registró más nuevos casos de coronavirus de los que China ha tenido ningún otro día desde que empezó la pandemia.

Ni siquiera el millón y pico de tests diarios que se llevan a cabo parecen ayudar para frenar la expansión del virus en este país, que es ya el segundo con más casos (4,4 millones y casi 100.000 más al día) y ha registrado unas 75.000 muertes hasta la fecha. Desde que empezó septiembre, se producen más de mil muertes diarias por coronavirus en la India y la tasa de mortalidad, superior al 7%, es también mucho más alta que en el resto de países. Además, según las predicciones basadas en lo ocurrido hasta ahora, cada tres semanas se doblarán tanto el número de infectados como el de muertes.

Todos los problemas que se están dando en la mayor parte del mundo al combatir la pandemia del coronavirus se multiplican en la India: núcleos de superpoblación, muchas veces sin medidas básicas de salubridad; una población que ha tardado en comprender que las medidas de protección y seguridad son vitales; un gobierno que se debate entre permitir la actividad normal y ayudar a la economía y las limitaciones que permitan frenar la pandemia; y, sobre todo, una infraestructura sanitaria insuficiente, mal equipada y que se ha visto desbordada por la situación. Valga recordar que el 16 de junio se contabilizaron más de 2.000 muertes por coronavirus. En un solo día.

Deficiencias sanitarias

Precisamente la falta de equipamiento sanitario accesible para todos los ciudadanos es lo que pude convertir la nueva ola de infecciones en un trágico ‘tsunami’ que afecte, sobre todo, a los más pobres. En todo el país hay 22 hospitales, entre públicos y privados, dedicados exclusivamente a pacientes con Covid-19. Pero miles de testimonios denuncian que los centros privados, en vez de aplicar las tarifas impuestas por el gobierno en relación con pacientes del coronavirus, están cobrando una media de 1.150 euros por día de hospitalización, y cuando la línea de crédito (tarjeta, acceso a cuenta bancaria) se acaba, la familia debe llevarse al enfermo inmediatamente. Las escenas de enfermos críticos “dados de alta” en medio de la madrugada por esta razón se están convirtiendo en habituales.

El caso de un niño de siete años que murió de dengue en Delhi en 2017, y cuya familia recibió una factura de 30 páginas por valor de 25.000 euros hizo que el gobierno prometiese poner control al abuso sistemático de este tipo de empresas. Pero la realidad es que, a pesar de los esfuerzos del personal de la red pública, la escasez de recursos y el mal estado de las instalaciones lleva a muchos indios a buscar tratamiento en centros privados. Una investigación reciente destapó que prácticas fraudulentas como intervenciones innecesarias, comisiones del 30% a los médicos según los ingresos que generen sus pacientes y prescripciones de medicinas basándose en intereses comerciales son moneda corriente en la India.

Situación caótica

En medio de esta situación, la crisis económica ha traído el fin de casi todas las restricciones en el país, que han durado cinco meses: se han dejado de aplicar controles fronterizos entre las regiones, se han reanudado los vuelos domésticos, restaurantes y bares están abiertos y lo único que permanece cerrado son las escuelas y las terminales internacionales de los aeropuertos.

En el metro de Calcuta se ha empezado a aplicar un sistema de códigos de colores que informa a los viajeros de lo lleno que irá el próximo tren para evitar en lo posible las aglomeraciones. Tras anunciar una recesión de la economía de un 24%, inédita en su historiael país necesita desesperadamente reactivar en lo posible la actividad comercial, lo que choca con las limitaciones al movimiento de bienes y personas y aumenta los riesgos. En un país donde millones de ciudadanos se ganan la vida con pequeños negocios al aire libre, como puestos de comida o mercadillos, el confinamiento de más de 150 días ha supuesto la ruina o el endeudamiento para cientos de miles de indios.

Por otro lado, mientras que los contagios se han multiplicado hasta ahora sobre todo en las grandes ciudades, se está detectando una multiplicación de infectados en las áreas rurales, donde vive el 60% de la población y donde prácticamente no hay hospitales y la escasez de personal sanitario es un mal endémico. En estados como Jharkand hay un doctor por cada 8.500 habitantes y con frecuencia se trata de médicos que trabajan en clínicas privadas.

La prensa india describe cómo, para aprovechar la coyuntura, algunos conductores están ofreciendo sus servicios de manera independiente como transporte sanitario para enfermos de Covid-19, sin que sus vehículos reúnan las condiciones de una ambulancia y sin tener ellos mismos ninguna preparación médica. En septiembre, uno de esos conductores violó a una joven de 19 años en el estado de Kerala cuando la llevaba al hospital, y el caso sólo pudo resolverse gracias a que la víctima grabó con su móvil parte de los hechos.

Enfrentamiento con China

Por si esto fuera poco, la India atraviesa una delicada situación con su vecina China, tras la muerte de 20 soldados indios en un enfrentamiento fronterizo en la región montañosa de Ladakh. Aunque las disputas e incluso tiroteos entre ambos ejércitos son relativamente frecuentes, se trata del incidente más serio en más de 40 años, desde que la India y China librasen un conflicto en 1962 que se reavivó intermitentemente en los años posteriores.

Los 3.500 kilómetros de frontera que comparten los dos gigantes asiáticos tienen dos puntos de tensión en el norte de Cachemira y en Arunachal, una región que China denomina ‘Tibet del sur’ y que reclama como propia. En el enfrentamiento de Ladakh, según confirmaron ambas partes, “no se disparó ni un solo tiro”, y lo que se produjo fue una brutal pelea con bastones, palos y piedras cuando una patrulla india estaba desmantelando un campamento abandonado temporalmente por los chinos. Una escueta nota oficial india confirmaba la muerte de 20 de sus militares, mientras que China no ha facilitado información al respecto.

En unas declaraciones recientes, el primer ministro indio Narendra Modi pidió al mundo que “reconsidere su relación comercial” con China, alegando que “las cadenas de suministro y los centros de producción industrial no deben establecerse basándose solamente en el coste, sino también teniendo en cuenta quién los controla”. Modi aseguró que la India debe ser la alternativa preferida por los países democráticos, a los que pidió que se alejen de China y dejen de confiar en un país en el que, al contrario que ocurre con la India “no se puede confiar”. En la nueva normalidad tendremos que desarrollar una nueva mentalidad; la India está preparada para ser uno de los centros de este nuevo mundo”.

Con todo, los pavorosos números que acompañan a las informaciones sobre el coronavirus en la India podrían no ser más que una parte de la realidad. Por ejemplo, el 65% de los casos reportados provienen de sólo cuatro de los 28 estados que forman la India. Incluso antes de la pandemia, sólo el 21% de las muertes que se producen en el país vienen acompañadas de un certificado médico y por tanto de un diagnóstico.

Hasta hace muy poco, los indios que querían someterse a un test para saber si tenían la Covid-19 debían ir a su médico de cabecera y obtener una receta para luego pasar a una lista de espera. En un número reciente, la prestigiosa revista médica The Lancet publicaba un informe sobre la pandemia en la India y señalaba que, en las zonas rurales del país, la mayor parte de los fallecimientos no se certifican y que es difícil que ningún facultativo examine el cadáver de alguien que no haya muerto en un hospital. Además, muchos gobiernos regionales están presionando para que el número de tests sea alto, aunque se trate a veces de pruebas más baratas, pero con poca fiabilidad, que pueden arrojar falsos negativos.

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