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Rusia se prepara para lo peor: más nuevos casos que nadie y un “segundo Wuhan” en Siberia

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Miguel Á. Gayo Macías

Rusia registra casi 12.000 casos nuevos cada día. Una ciudad de la frontera con China, principal foco de contagios.

Situadas a ambos lados de la frontera entre China y Rusia, las ciudades de Suifenhe y Pogranichny parecen reflejarse la una en la otra. Suifenhe es china, pero en sus calles hay estatuas de matrioshkas (muñecas rusas) y centros comerciales con carteles en alfabeto cirílico; y en Pogranichny hay tejados de pagoda y muchos coches de fabricación china. Pero además del intercambio cultural y de un intenso comercio, estas dos ciudades comparten un problema: el coronavirus.

Miles de ciudadanos chinos residentes en Rusia –sobre todo en Moscú- decidieron regresar a su país a medida que la situación mejoraba en China y empeoraba en Rusia.

Según los datos oficiales, la pandemia está bajo control en territorio chino –incluso en Wuhan, donde se originó-, mientras que Rusia es el país que registra más nuevos infectados cada día: cerca de 12.000 cada 24 horas.

Según testimonios recogidos por la prensa rusa y occidental, otro de los motivos que aducen los chinos para dejar Rusia es ver cómo las restricciones y medidas de seguridad en ese país no son tan efectivas como requiere la situación, además de que, como declaraba a The Guardian la dueña de una zapatería de Moscú: “Si contraigo el virus prefiero tratar con médicos chinos, por cuestiones de idioma”. “Una muestra de lo mal que los están haciendo en Rusia es que incluso su primer ministro se ha contagiado”, apuntaba otro chino afincado en Moscú.

El gobierno ruso ha permitido a los ciudadanos chinos saltarse la cuarentena y no observar el confinamiento si abandonan el país, y eso es lo que vienen haciendo, en masa, desde hace más de un mes. Sin quitarse en ningún momento el traje completo de protección bacteriológica, miles de chinos han hecho un viaje de 20 horas, atravesando medio mundo, desde Moscú hasta Vladivostok.

Brote en Suifenhe

El objetivo es la ciudad industrial de Suifenhe, justo al otro lado de la frontera rusa, donde les esperan un análisis de sangre y 28 días de cuarentena. A los infectados por el Covid-19 se les ingresa en un hospital improvisado en un rascacielos de oficinas. Durante esas cuatro semanas, los pacientes solo están autorizados a abrir las puertas de sus cuartos una vez el reparto de comida ha abandonado el pasillo. Hasta ahora, aproximadamente el 15% de los llegados a Suifenhe han resultado estar infectados. Ya son miles. 

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El problema es que el edificio solo permite acoger a 600 personas, y el flujo de personas que llega a Suifenhe, ya calificado como un nuevo Wuhan, sigue creciendo. Pekín se niega por ahora a permitir el libre tránsito por el resto del país a los ciudadanos retenidos en Suifenhe, bajo el temor de que puedan causar rebrotes del coronavirus en sus respectivas regiones.

Tras casi 80 días de estricta cuarentena, ciudades como Wuhan están empezando a vislumbrar el final de una pesadilla que podría repetirse si llegan más infectados. A 200 kilómetros, el aeropuerto de Vladivostok, donde se está construyendo un hospital que no estará listo hasta dentro de año y medio, sigue mandando cada día más y más chinos procedentes de toda Rusia y el gobierno regional de Primorsky Krai ya se ha quejado de que ningún ruso se arriesga a compartir avión con ellos, lo que afecta a los locales.

Más de 180.000 contagiados

La situación se complica con cada día que pasa. Para Rusia, que presenta el gesto de permitir a los chinos dejar el país como una muestra de comprensión hacia una nación amiga, es una buena oportunidad de rebajar los pavorosos números de infectados que ya está alcanzando (oficialmente 180.000, más del doble que China). Para Pekín, es una patata caliente que no quieren tener en las manos ni un minuto más.

En un intento de aliviar tensiones, el Gobierno chino ha enviado un convoy de material y un contingente de personal sanitario a Moscú para tratar in situ a sus compatriotas y convencerles de que se queden allí, además de ayudar a los rusos en sus esfuerzos por luchar contra el virus. Como hicieron en otros países, las autoridades chinas decoraron los contenedores de material sanitario con una cita lírica de un autor local, en este caso Pushkin: “Todo fluye, todo pasará”. A la llegada del convoy, los moscovitas protestaron contra su gobierno, que ha presumido de mandar ayuda a otros países, y ahora se ve forzado a aceptarla.

La importancia de contener el avance del coronavirus en las fronteras terrestres, ahora que la mayoría del tráfico aéreo de pasajeros se ha interrumpido, es fundamental. “En muchos lugares, como Suifenhe, la frontera terrestre equivale a una trinchera desde la que impedir la entrada del virus.

Y este lugar se ha convertido, después de Wuhan, en el principal foco de acumulación de enfermos del coronavirus. Cerrar esa brecha es urgente e importantísimo”, declaraba a una emisora de radio rusa un médico chino. En estos momentos, la mayoría de los nuevos enfermos de Covid-19 que hay en China son pacientes que llegan de Rusia.

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Recompensa para chivatos

El gobierno chino prepara un grupo de 400 efectivos sanitarios que se unirán a los 800 voluntarios que ya trabajan en la zona. En la ciudad, solo se permite que un miembro de cada familia o residencia salga a la calle cada tres días, y con el propósito exclusivo de comprar comida. Hay una recompensa de 600 euros para quien delate al que cruce ilegalmente la frontera y sendos muros de alambradas delimitan el camino a la “Puerta Nacional” que preside el puesto fronterizo sino-ruso.

La impresión general es que, mientras en el lado chino el control es estricto y nada se escapa a las autoridades, al otro lado de la frontera los rusos están deseando “deshacerse” de los chinos llegados de Moscú y San Petersburgo para volver a la relativa normalidad con que vivían en este punto de la Siberia oriental, no muy lejos de Corea del Norte.

Como un reflejo de la muy diferente actitud de ambos gobiernos ante la pandemia, las ciudades de Suifenhe y Pogranichny presentan una estampa completamente diferente: la urbe china es una industriosa ciudad de 100.000 habitantes con calles perfectamente asfaltadas, edificios de nueva construcción alineados simétricamente y con un polígono de almacenamiento que canaliza el comercio regional; al otro lado, Pogranichny (en ruso, “sitio de frontera”) es un poblado disperso fundado hace un siglo donde lo único destacable es la estación de ferrocarril, que muchos de sus habitantes aún llaman por el antiguo nombre cosaco.

Sin embargo, a ambos lados es posible -o era, hasta hace poco- encontrar a rusos y chinos comerciando, conviviendo y compartiendo el sentimiento de vivir en una región un tanto remota, que jamás sospecharían iba a aparecer en las noticias y mucho menos a convertirse en un punto de conflicto entre sus respectivos países.

En efecto, la situación en Suifenhe se ha convertido en una prueba para las relaciones entre Moscú y Pekín. Hace unos días, Putin alababa las “consistentes y efectivas medidas” que China está llevando a cabo para “estabilizar la situación epidemiológica en el país”. Pero la realidad es que China querría ver a Moscú hacer algo por interrumpir la acumulación de personas en riesgo a un lugar que no está preparado para lidiar con esta crisis. Según los datos oficiales, China ha conseguido controlar y casi hacer desaparecer la pandemia dentro de sus fronteras, y la llegada de nuevos pacientes desde Rusia puede empañar esos números.

Muertes extrañas

Sin embargo, las sospechas sobre la ocultación de información en el asunto del covid-19 siguen vivas en todo el mundo. Y no solo en el caso de China. Las muertes en extrañas circunstancias de tres doctores rusos que habían criticado la gestión del gobierno en esta pandemia siguen sin aclararse.

A finales de abril, Natalia Lebedeva, jefa del servicio de emergencias en una base de entrenamiento para astronautas murió al caer desde una ventana; pocos días más tarde, Yelena Nepomnyashchaya, que dirigía un hospital en Siberia, moría de la misma manera mientras hablaba por teléfono; y al día siguiente, Alexander Shulepov, que trabajaba en un servicio de ambulancias, cayó de un segundo piso y falleció. En los tres casos, se trataba de personas que cuestionaron las decisiones de las autoridades gubernamentales para conducir la crisis del Covid-19.

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