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Nutrición

Este es el secreto del poder adictivo de las patatas de McDonald’s (y no es la sal)

Se trata de un claro ejemplo de producto ultraprocesado que conviene evitar, ya que contiene un exceso de sal, de calorías, de grasa y carbohidratos.

En la actualidad, hay multitud de restaurantes de comida rápida que compiten en España, siendo Estados Unidos uno de los mayores exportadores de empresas de este tipo. Una de las que se ha expandido por todo el mundo es McDonald’s, cuyo mayor atractivo no siempre son las típicas hamburguesas de un euro o el archiconocido Big Mac, sino sus patatas fritas; un producto cuyo poder adictivo no se debe a la sal como muchos creen.

Para empezar, las patatas fritas de McDonald’s son un ejemplo claro de producto ultraprocesado: tienen un exceso de sal, de calorías, de grasa y carbohidratos procesados innecesarios y una inusitada palatabilidad. Por cada ración pequeña de patatas de McDonald’s se consumen hasta 220 kcal, llegando a consumirse 29 gramos de carbohidratos y 10 gramos de grasa, con casi 200 mg de sodio (recordemos que se aconseja tomar alrededor de 2 gramos de sodio diarios, o bien 5 gramos de sal de mesa en total).

Pero las cosas empeoran si se consume el tamaño medio, que suele ser el más común en los menus de la hamburguesería norteamericana. En este caso una ración contiene hasta 320 kcal, llegando a consumirse 43 gramos de carbohidratos y 15 gramos de grasa, con 260 mg de sodio.

Por tanto, ni estas ni ningún tipo de patatas fritas serían buena opción en ningún buen plan alimentario, a pesar de que formen parte del fin de semana de muchos consumidores españoles.

El ingrediente adictivo

Pero la palatabilidad de las patatas fritas de McDonald’s no se basa exclusivamente en su contenido en grasa y sal. Hay algo más. Un ingrediente añadido que aumenta más si cabe la facilidad para consumirlas.

Para su elaboración, como hizo público en su día la compañía, se usan patatas frescas que se lavan, se pelan, se cortan y se escaldan en la fábrica de origen. Posteriormente, se añaden colorantes para darles esa tonalidad amarilla clara uniforme. Más adelante, se fríen durante menos de un minuto, y se congelan para enviarse a los diversos restaurantes de la cadena. Cuando llegan al restaurante, las patatas se cocinan en aceite y sal, y se sirven. Un proceso bastante estándar y sin rasgos llamativos, pero con una peculiaridad.

Todo empezó en la década de 1950, cuando la compañía que vendía manteca vegetal y aceite vegetal para McDonald’s no pudo pagar el equipo necesario para hidrogenar este aceite, un proceso que prolongaría su vida útil. En lugar de esto, el proveedor dio a McDonald’s una mezcla de aceite y grasa de res.

Con el paso de los años, la grasa de res pasó a ser uno de los sabores característicos de las frituras de McDonald’s y otros establecimientos de comida rápida. Sin embargo, en la década de 1980, eliminaron la carne de res tras las críticas de los consumidores por el exceso de grasas saturadas poco saludables que se agregaban de forma artificial a las comidas.

Como la grasa de res otorgaba un sabor característico a las patatas, McDonald’s decidió mantener dicho sabor sin usar grasa como tal. Ahora, y aún hoy en día, la cadena de comida rápida agrega “sabor natural de carne de res” en su aceite vegetal, para darles un sabor “carnoso”.

Por tanto, el “procesado perfecto” no solo no ha mejorado con el paso de los años, sino que ha empeorado: se ha añadido un sabor de forma completamente artificial, con el único objetivo de aumentar la facilidad para consumir un ultraprocesado ya saturado de colorantes y conservantes anteriormente.

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