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Bond no pudo con Brigitte Bardot

Con la francesa coincidió en Almería rodando «Shalako». Los dos eran unos «sex symbol». El actor escocés y calvo lo intentó todo para seducirla, pero no lo consiguió. Hasta se metió desnudo en su cama. Con calcetines. «Yo no era una chica Bond. No sucumbí a su encanto»

Morir durmiendo en tu casa de Bahamas a los 90 y después de haber sido el primer James Bond. Qué más quieres. Hubo un tiempo en que Sean Connery tenía casa en Marbella. Una que se llamaba Malibú, nombre que le había puesto Edgar Neville, su anterior propietario desde los años 50. Esa misma casa a la que Picasso fue de extranjis en 1966, aunque con conocimiento del Régimen. En un libro de Neville («Prohibido en otoño») hay un dibujo taurino de Dominguín, Neville y Conchita Montes. Connery compartió esa casa con Micheline Roquebrune, que siempre me ha parecido un nombre inventado. Con la francesa se casó en 1975. Antes lo había estado con la actriz Diane Cilento (1962-1973), madre de su hijo Jason. A Micheline la conoció en Marruecos, en

el Club de golf Mohammedia Royal en 1972. Los dos estaban casados. La ahora viuda contó escenas propias de una novela barata. Connery le dijo que la llave estaba en la puerta. Él, sobre la cama, desnudo y leyendo el periódico. Ella se desabrochó el cinturón mientras bailaba y lo azotaba. Connery la besó apasionadamente. Cuatro días de golf y lujuria. Dos años después, Connery citó a Micheline en Marbella. Y hasta la muerte de él.

Con Cilento se había casado en 1962 en Gibraltar. Estaba embarazada. El matrimonio duró 11 años, aunque lleno de infidelidades. Antes de quedarse prendado con los ojos de Cilento, estaba con la fotógrafa Julie Hamilton que, volvemos a las novelas de Harlequín, le dejó un mensajito con carmín en el espejo antes de irse con su madre. Y antes estuvo con Lana Turner (en el 57). Durante el matrimonio con Cilento se le relacionó con Raquel Welch. También con Lana Wood, la hermana de Natalie, o con Jill St. John. Pero no pudo con Brigitte Bardot. Con la francesa coincidió en Almería rodando «Shalako» (1968), de Edward Dmytryk. Los dos eran unos «sex symbol» (ella más). El actor escocés y calvo lo intentó todo para seducirla, pero no lo consiguió. Hasta se metió desnudo en su cama. Con calcetines, según contó BB. «Yo no era una chica Bond. No sucumbí a su encanto».

Desde Bahamas declaró Sean Connery en el caso Goldfinger, que tenía que ver con la especulación en el solar donde estuvo Malibú (cuando le construyeron unos pisos alrededor, se quejó de que no podía ir en calzoncillos por el jardín). Declaró no tener relación alguna con la operación urbanística o el fraude fiscal. Tampoco con Gil, Juan Antonio Roca o Julián Muñoz.

Pobre Javier Reverte. El gran Jean D’Ormesson decía que un escritor no debía morirse a la vez que una estrella. Mira lo que pasó a Jean Cocteau con Edith Piaff (¡Cocteau estuvo en Malibú cuando era de Neville!). Y le pasó a él mismo con Johnny Hallyday. A Javier Reverte, con Sean Connery.

Mi película favorita de Connery es otra que lo vincula con España«Robin y Marian» (1976), de Richard Lester. Se rodó en Navarra con la dirección artística de Gil Parrondo. Es una de las más conmovedoras historias de amor del cine. Una mirada crepuscular del héroe Robin Hood y su amada Marian (Audrey Hepburn). Marian: «Te amo. Te amo más que a todo, más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana o que a la paz, más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor, o a la alegría, o a la vida entera. Te amo más que a Dios». Robin, con sus pocas fuerzas, coge el arco. De testigo, John (Nicol Williamson), secretamente enamorado de Marian. «Donde caiga la flecha, John, colócanos juntos y déjanos allí». Y, además, música de John Barry. ¿Cómo que el hombre que pudo reinar? Connery fue muy rey. Y no sólo de Kafiristán en la película de Huston.

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