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La hora más larga

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Hughes.

La fase informativa del nuevo matinal de La 1 es de un sectarismo muy notable, pero presentado con una mezcla de asepsia, impersonalidad y esterilización que parece negarlo

TVE lo intenta. Intenta que la propaganda no se note. La mañana de La 1, que ahora se llama «La Hora de La1», ha reforzado para ello las líneas maestras de la cadena: impersonalidad y espacios de pretendida asepsia.

El Covid refuerza esto y los decorados son una fantasía de infografía y metacrilato. Esa estética de nave espacial cargada de politólogos. Adiós a los sofás, los platós-sala de estar. Todo es mesa, mesa de análisis. El Ente, en abstracto, se despliega en espacios que son como quirófanos de la información. En consonancia con ello, al frente tampoco hay ya grandes personalidades. Xabier Fortes y Màxim Huerta eran demasiado y han sido sustituidos por Mónica Lópezmeteoróloga, lo que invierte la habitual jerarquía periodística. Los últimos serán los primeros. No es necesario más: la borrasca es la derecha crispadora, el anticiclón es el consenso gubernamental.

Los designios de Enric Hernández, jefe informativo de TVE, son perceptibles, también la reciente experiencia informativa durante la pandemia. La mañana de TVE se convierte en un largo espacio abierto a que en cualquier momento pueda intervenir un ministro. Es operativo, es flexible… es dócil.

Después de un rato, algo en Mónica López nos empieza a resultar muy familiar. Su peinado se parece mucho al de Ana Blanco. Esto transmite una fuerte carga de institucionalidad y continuidad y de alguna forma nos serena por dentro. El efecto es relajante, como la musiquilla al entrar en un centro comercial. Nuestras defensas bajan sin darnos cuenta. Su acento es el de Susanna Griso, su presencia recuerda a Ana Rosa y en su rostro hay proporciones de Ana Blanco… ¿Y si fuera ella la siguiente Mona Lisa informativa?

López da paso a la ráfaga de noticias. Pocas pero repetidas. Muy pronto vemos a Sánchez caminando. El movimiento de sus caderas nos dice que todo va bien. Cuando terminamos de ver sus discusiones con Maroto en el Senado, ella pone cara de regañina, de monja enfadada. Eso no está bien, ¡niños malos! La tertulia seguirá analizando lo mismo según un menú de noticias, digamos, poco variado: el escándalo Kitchen del PP, Cayetana y su Youtube, Ayuso y, cómo no, la crispación. Pero la crispación no es que Sánchez lamente la muerte de un «preso vasco» miembro de «la banda…ETA». Eso no se verá en ningún momento. La crispación es Maroto. El umbral de lo que crispa va bajando y quizás por eso la tertulia parece desarrollarse en la sala de espera de un dentista. Sin darse cuenta el espectador acaba hablando bajito. Por si no fuera suficiente, un politólogo refuerza la tertulia analizando la «polarización afectiva» española. Efectivamente, algo nos pasa.

La fase informativa del programa es de un sectarismo muy notable, pero presentado con una mezcla de asepsia, impersonalidad y esterilización que parece negarlo. Es como si el programa se hiciera dentro de un gran preservativo. Todo es látex y profilaxis y los conductores son tan poco enfáticos que dejan abierta la posibilidad de su sustitución por robots.

Tras la fase informativa, el programa va diluyendo el nivel de propaganda a través de la fase sucesiva de actualidad. Cambian los tertulianos (¡Gonzalo Miró!). Dejan de salir políticos, aparecen los temas sociales: los okupas, el virus…

La mañana acaba con el corazón. Es la trilogía mediterránea: parte-suceso-chisme. Ese tramo lo conduce la experta Cristina Fernández, sentada, ya sí, en unos sillones que tampoco parecen ser muy cómodos. «Hace mucho frío en este plato». Se habla de las infantas, de Mila Ximénez, de Ágatha Ruiz de la Prada… El espacio cuenta con la incorporación de Esther Doña, una colaboradora-personaje igual que en «Sálvame». Esos toques de corazón humanizan el nodo de metacrilato. Le dan cuerpo, color, expresividad, un poco de realidad no enloquecedora al programa. A esa hora, de todos modos, Ferreras ya ha empezado su chunta-chunta. La Mañana de TVE no le hace la competencia sino que funciona como una masajeante introducción. Como cuando te lavan la cabeza antes de cortarte el pelo.

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